Foodbol

¡Qué rico es el fútbol…! Junto con la Lotería de Navidad no hay nada que mueva tantas conciencias de “entretén y miento”. Son dos asuntos que han alcanzado en nuestras vidas alturas de cuestión de Estado. Y como se trata de disfrutar pulsando la tecla de las emociones, pues nada, dispongámonos ante la tele con la ración de “foodbol”, ahora que toca Mundial, y en diciembre, cuando el mes estrene vacaciones de invierno, estemos atentos a la sonatina del: “Mil euros…” por si se nos aviene el Gordo y con él, un ataque de solidaridad pensando en nobles causas donde invertir el dinero.

Como todo monstruo, al fútbol le han salido apéndices que afean su estructura. Esto pasa en el deporte y también en otros ámbitos. Dinero y poder forman un cuerpo hermafrodita que se retroalimenta en descontrolada carrera, solo atenuada por los ciclos económicos y sociales, recordando que hay otras razones más genuinas a lo largo de la existencia humana. Es como el dedo meñique: comparado con el hígado es una insignificancia, y podríamos prescindir de él, aunque su falta nos haría incompletos.

Ahora que Trump y Kim son amigos y que la amenaza de guerra se ha desactivado, es la tragedia de los migrantes (antes llamados “inmigrantes”) la que se ha situado en primera línea. Ahora que el exseleccionador ya es entrenador y que la vida recobra su aparente normalidad tras los terremotos ministeriales (réplicas aparte), ahora, digo, nos regalamos sobredosis de solidaridad viendo al “Aquarius” navegar sobre olas de hipocresía; entre el “me lo quedo” y el “se lo lleven” vamos aliñando la cosa y anunciamos el fin de inhumanas alambradas y, de paso, apelamos al gratuito “hay que hacer algo…”. La indignidad humana siempre ha sido buena moneda de cambio y no interesa acabar con ella, quizás porque si lo hiciésemos la balanza dinero-poder se desequilibraría, y claro, así no compensa.

Seguro que hay buena fe en todo esto y que se intentan gestionar los temas de la mejor manera posible, pero igual que los atentados —que son más atentados según la renta per cápita—, lo del “Aquarius” vende porque en ese barco van muchas personas. Las pateras siguen llegando a decenas, repletas de desgraciados empujados por el hambre y las mafias, pero como eso ya es lo habitual, vende menos. A no ser que un día uno de esos náufragos toque tierra y diga que juega bien al fútbol. Entonces, cuidado, porque Europa lo recibirá con los brazos abiertos. Es lo que tiene el balompié, que ante todo es juego limpio y un dechado de valores y convivencia. Digo yo…

(Fernando Méndez, La Región, 16 de junio de 2018)

__________________________

Fin del mundo

Iba yo a comprarme unas deportivas cuando el dependiente me asaltó con todo tipo de datos sobre los productos de la estantería, lo cual me obligó a centrarme más en sus explicaciones que en la zapatilla que quería. Igual pasó en su día con las profecías (las de Nostradamus y las otras), sobre todo con aquellas que auguraban el fin del mundo para el año 2000. Mira que se editaron libros, se emitieron programas y se renovaron aparatos tecnológicos, lo cual no entiendo para qué, si total íbamos a perecer…

Bueno, pues, de pronto, de todo eso nunca más se supo. Tampoco se volvió a hablar de los ovnis y ya no desaparecen barcos en el Triángulo de las Bermudas. Internet ha tirado por la borda el romanticismo del misterio, convirtiéndonos en incrédulos digitales, y todo lo que sea comprobable a golpe de pulgares carece del engolado sobrenatural.

Lo único que ha evolucionado para adaptarse a los tiempos ha sido la publicidad (siempre lo hace), de ahí que el vendedor de zapatillas no tenga ninguna culpa; hace su trabajo a la perfección, entre otras cosas porque la demanda manda y a nadie le extraña que paguemos hasta cuatro veces más por un producto que se ha convertido en artículo de lujo para los pies. Pero el mercado tiene estas cosas. Basta salir a la calle y ver que 9 de cada 10 personas van en deportivas. De ahí que tiendas del ramo hayan proliferado como setas, igual que les pasó a las de “compro oro” hasta que se terminaron las reservas y la piedra filosofal se convirtió en calabaza. Hacen bien los publicistas. Ellos mecen la economía.

Un claro ejemplo es el reciente festival de Eurovisión, donde España cosechó un sonoro fracaso. ¿Alguien ha vuelto a oír la canción desde entonces?, esa que retumbaba en nuestro cerebro como un canto de adoración al dios de la creatividad, ejemplo de amor, ternura y sentimiento en cada uno de sus compases. También desapareció. Pero no hay problema, las entradas para los conciertos ya están vendidas y el negocio ya fue.

Bendita publicidad esa que nos hacía buscar pokémon por las calles aun a riesgo de nuestra integridad, o la que nos regala “llamadas gratis” (es lo último para lo que se utilizan los móviles, para llamar). Y así podríamos seguir, relatando ejemplos de una voraz actividad comercial que nos arrebata el poso del momento. Todo envejece antes de madurar. Nos comemos verde el presente. De eso se trata. No pienses, que ya lo hacen por ti. Pero cómprate unas deportivas, que son muy cómodas.

(Fernando Méndez, La Región, 18 de mayo de 2018)

__________________________

Es evidente

Es evidente que muchas veces se mata en nombre de dioses o religiones. También resulta normal escuchar aberraciones como “limpieza étnica” o “atentado terrorista” o “muerte por daños colaterales”… Le ponemos tantos adjetivos al mal que acaba revistiéndose de convencionalismo, así disimulamos la vergüenza que nos produce contemplarlo, sabiéndonos instalados en el polo negativo de la pila.

Un claro ejemplo son los “telediarios”, cuyas noticias negativas ocupan más de 90 % del espacio. ¿Se imaginan que la realidad fuese así, que cada día al salir a la calle, de las 10 cosas que te ocurren 9 fuesen malas? Quitando los documentales –en los que, por cierto, gana peso el fotograma del momento depredador-, pocas cosas vemos en televisión que destaquen aspectos positivos (o normales) de la convivencia humana. Dicen que eso no vende. Es evidente. También si encerramos a una persona en un sótano a oscuras durante veinte años, cuando salga tendrá mermadas sus facultades físicas y psíquicas. Es evidente.

Dicen los expertos que los medios de comunicación dan al público lo que quiere. ¿De verdad los ciudadanos hemos elegido hacer de la tragedia un entretenimiento?, o es que, quien sea, nos ha entrenado en esa aceptación de lo dramático para que lo normal en la vida sea contemplar penurias y no alegrías… También puede que nos venga de serie en el ADN.

Otras opiniones científicas dicen que el ser humano es bueno por naturaleza, y que las guerras que provoca, las peleas, las envidias, la incomprensión o la insolidaridad son fruto de la experiencia vital, de transitar de niños a mayores sin recargar la batería de la tolerancia.

Tantas cosas son evidentes… No hace falta irnos al lado oscuro para comprender que es evidente hablar del tiempo en el ascensor, o desear estar sanos, o querer que nos toque la lotería, o incluso, que haga calor en verano y frío en invierno, eso también es evidente.

¡Bendito latiguillo lingüístico! La mejor terapia psicológica para conformarnos economizando explicaciones. Tú dices: “Es evidente”, y ya está. Se acepta. Aunque reafirmes la mayor barbaridad, hallarás concordia. Yo propongo que en las escuelas se enseñe esta frase antes que las vocales. Los niños deben ir agarrándose desde pequeños a los salvavidas que permiten nadar y guardar la ropa. Es evidente que “es evidente” es la mejor manera de aceptarnos como seres humanos, con nuestros defectos, que son muchos, y nuestras virtudes, que aún son más, a pesar del “telediario”.

(Fernando Méndez, La Región, 13 de mayo de 2018)

__________________________

Día sin…

Alguien propuso celebrar “El día sin pantalones” y no pocos se sorprendieron al ver a gente caminando en ropa interior por el metro y las calles de Nueva York la primera vez que surgió la idea. Eso sí, arriba iban convencionalmente vestidos, con gorros, abrigos y demás atuendo propio del invierno. De eso hace ya 16 años, y según pasa el tiempo la propuesta se consolida, de tal manera que cada vez son más los que se pasean ligeros de cintura para abajo cuando se conmemora la efeméride, con el único objetivo, afirman, de hacer reír y pasar un buen rato.

Ciertamente, hay muchos “días sin…”: los hay “sin IVA”, “sin coche”, “sin alcohol”…, y todos, en mayor o menor medida, tienen su repercusión; todos menos uno: “El día sin móvil”. Esta iniciativa, entre nostálgica y medioambiental —de la que nunca más se supo— surgió en 2007 a propuesta de una asociación de consumidores, y el fracaso fue tan estrepitoso que pocos quisieron reactivarla. Tal fue el desapego ciudadano que no solo no se secundó sino que ese día aumentó el tráfico de datos telefónicos (supongo que para ver cómo quedaba la cosa).

¿Se lo imaginan?: ¿todos de acuerdo para no usar el móvil durante un día entero? ¿De verdad, alguien nos cree capaces de traicionar así a la Madre Comunicación? Honremos al fax, a las cartas y a las palomas mensajeras como se merecen pero no nos devuelvan a las cavernas, por favor.

Ya lo avanzaban los Teletubbies con su pantalla digital aflorándoles barriga afuera, y quienes crecieron bajo el influjo de ese mensaje catódico interiorizaron que la tecnología es algo que debe llevarse encima en todo momento, preferiblemente, lo más pegada al cuerpo posible.

En cambio a los que Heidi y Marco ahogaron en un mar de lágrimas porque no había forma de localizar a madres o padres ni a golpe de tam-tam, para esos, el móvil podría ser algo prescindible en determinados momentos. Apurándolo mucho, a modo de apuesta, casi seríamos capaces de no usarlo durante algunas horas. Ya digo: apurándolo mucho.

Por supuesto, si has nacido en la Era Digital y estás leyendo este artículo no me taches de loco. Déjate llevar por la melancolía de un tiempo no vivido y piensa que, antes, “silencio” y “espera” eran valiosas palabras. Sé que es difícil, pero inténtalo; verás todo lo que encuentras en un minuto perdido. Y para los demás, para aquellos que soñábamos dentro de una cabina y que en casa estirábamos el cable del teléfono hasta los límites de la intimidad, para todos esos, nada que decir, ya me entienden…

(Fernando Méndez, La Región, 4 de mayo de 2018)

__________________________

Ingravidez

La habitación, a todo lujo, cuenta con amplios ventanales que permiten ver la Tierra desde cualquier ángulo. Máximo confort, obsequios de tocador y chocolatinas. Todas esas cosas… Solo tiene un “pero”: no te permiten salir ni respirar el aire exterior, sencillamente porque no hay aire ni exterior. Hablamos de estar a 300 kilómetros de altura.

Son las ofertas de viajes espaciales, naves preparadas para ponernos en órbita a razón de 80 millones de euros/semana, donde podrás disfrutar de una experiencia  estratosférica. Tienes menú a la carta, relajantes jornadas contemplando el espacio, y también la posibilidad de pasarte el día flotando, una sensación que, dicho sea de paso, no sé si favorecería mucho las íntimas noches interestelares que promocionan.

Y precisamente sobre este tema, el íntimo, la NASA ya está haciendo prácticas. A las agencias espaciales les preocupa el “acoplamiento orbital” del ser humano, de ahí que las malas lenguas hablen de la existencia de sesiones de entrenamiento en piscinas, simulando la ingravidez bajo el agua. Lo malo es que en la mayoría de los casos, para facilitar la posición correcta, debe intervenir una tercera persona, lo cual resta concentración al experimento (o no…), sin olvidar otro tema menor: respirar, algo que sumergidos no resulta fácil, y entre botellas de aire y tubos, me da que ese contacto es de todo menos natural.

Pero están en ello. Científicos hay y soluciones tendrán.

Mientras tanto, que se preparen las parejas aventureras. A falta de gravedad, les garantizan la intimidad con el universo por testigo: en esas naves solo caben seis turistas y dos tripulantes (no dicen quién servirá las comidas pero, eso sí, hay wifi, para facilitar el envío de fotos y vídeos a la Tierra). Lo único que no han previsto es el rescate en caso avería. Dicen que, de momento, pondrán en la mesilla de noche un dispositivo de emergencia para poder grabar un mensaje dirigido a los extraterrestres si la órbita se descuadra y la nave se pierden en el espacio profundo, algo por supuesto no deseable pero que hay que tener en cuenta. Y en semejante trance la ingravidez y lo demás pasaría a un segundo plano, claro. Es probable, incluso, que en la inmensidad de la Vía Láctea se intuyese entonces un sordo grito que dijese: “¡Mi caaasa!”.

(Fernando Méndez, La Región, 27 de abril de 2018)

__________________________

Manzana

El Plátano se pasa la vida compitiendo con la Banana; el Melocotón tiene más fama cosmética, por su piel; al Kiwi le pusieron nombre de pájaro y al Coco lo critican por seco. Sin olvidar que al Melón lo asemejan con una cabeza grande; que de la Sandía dicen que solo es agua; que a la Pera la relacionan con los enemas, y que a las Frutas del Bosque y a las Tropicales las agrupan porque individualmente carecen de personalidad.

En fin, que así podríamos seguir con estos saludables alimentos, dando cuenta de sus penurias, aunque exceptuando a una fruta que se ha ganado por mérito propio elevarse ante el desprestigio. Me refiero a la reina de todas (o quizás debiera decir “reineta”): la Manzana.

No sé muy bien a qué debe su fama, desde luego no a sus excelentes propiedades nutritivas, como tienen la mayoría de las frutas. La historia la ha encumbrado por todo menos por su valor alimenticio: Adán y Eva, ya saben…; Newton por sus leyes de la gravitación; Blancanieves por su fatalidad al comerse una envenenada; los Beatles, convirtiéndola en icono del diseño discográfico, y en los últimos años, incluso mordida, ha sido el logotipo más conocido del mundo.

Religión, ciencia, marketing, tecnología… todo menos alimento, pero ahí está la manzana, como tantas otras cosas cuyo prestigio emerge de pronto como una burbuja de agua hirviendo, con la diferencia de que esta fruta lleva siglos en la cúspide del estrellato y no hay, por ejemplo, Albaricoque que le haga sombra, o Claudia —que comparte denominación con nombre de persona— que la supere en cercanía al ser humano.

Puede que algún día se estudie en las universidades el poder persuasivo de la manzana, siendo como es, sencilla y humilde, sin formas estridentes ni colores llamativos. Posiblemente por eso destaca.

A veces le pasa como a la Uva, que la transforman en otra cosa que nada tiene que ver con su genuino origen, aunque, como en todo lo bueno, la originalidad es lo que cuenta. Imitaciones las ha habido y las seguirá habiendo en el mundo de las frutas y en los otros, pero la manzana permanecerá tan lozana como en el Principio, porque así ha sido y así ha de ser. Tan frágil que un golpe te daña, tan efímera que al pelarte te afeas, pero precisamente en tu debilidad reside tu encanto, oh, reina del frutero, emperatriz de la merienda sana.

(Fernando Méndez, La Región, 16 de abril de 2018)

__________________________

Ataúdes y chupetes

Con esto de las huelgas (que están muy bien para defender derechos) se ha dado el caso curioso de que últimamente los muertos no mueren y los nacidos no nacen. Qué frágil se vuelve la causa demográfica con la presión laboral, y qué manera de quedarnos desnudos antes la vida o el recuerdo.

Es como esos hologramas que permiten ver a Michael Jackson o a Roy Orbison en pleno escenario, con la orquesta tocando a sus espaldas mientras los focos los alumbran a ellos, a los hologramas, que dejan de serlo para transfigurarse en cuerpo en medio de la euforia colectiva.

Pues con los óbitos y los nacimientos alegales pasa algo parecido: difuntos y recién nacidos se han convertido en fantasmas cuyo espíritu administrativo anda en pena como la Santa Compaña, implorando justicia para ser reconocido en su nuevo estado mortal o vital.

¿Quiere esto decir que cuando se acaben las huelgas los muertos serán más muertos y los nacidos, “bien nacidos”? Tristemente, sí; porque para todo somos números y como tales nos tratan: en la pescadería, al ir al médico, cuando cambiamos el aceite al coche, y también en los viajes y en los probadores de ropa.

Solo nos faltaba guardar turno para morir o nacer (administrativamente). Y lo hemos conseguido. El duelo por la muerte y la alegría del alumbramiento deberían estar exentos de cuestiones mundanas, entre otras cosas porque ambos trascienden lo material. Son momentos de puro sentimiento en el espacio común de la emotividad.

Pero claro, en las huelgas eso no cuenta. No es lo suyo.

Lo espiritual y la infancia no casan con las reivindicaciones laborales. Antes, por ejemplo, ibas al Registro a inscribir a tu hijo y la ilusión te empujaba a hacer una foto en el mostrador exhibiendo el Libro de Familia. Pero ahora, ni ataúdes ni chupetes están a salvo de una realidad descarnada de mística. Los trámites de inicio y fin de la vida son eso, trámites, y como en la lotería, número eres y en número te convertirás.

(Fernando Méndez, La Región, 7 de abril de 2018)

__________________________

Ourensabio

Carlos Casares foise un día sen facer ruído, demasiado cedo, como semella cando alguén a quen prezas parte para mudar en feitura espiritual. E con ese son desapercibido co que ía pola vida, volveu para estar entre nós no acto de entrega da Medalla de Ouro da Provincia, que lle outorgou a Deputación de Ourense.

Como bo ourensabio, Carlos non era home de axóuxeres; máis ben de cordas vogais harmonizando conversas. Lubricaba co seu falar os faladoiros e coa súa amabilidade, calquera encontro. Era —por resumir e evitando adxectivos rimbombantes— unha boa persoa.

E agora que vimos de agasallalo cunha medalla penso que non hai metal máis acaído para el que o ouro, non polo valor testemuñal ou pecuniario, senón polo que esa palabra significou na súa vida. Ouro de Ourense, de Auriense, de Ouréns, de Ourensanía e de Ourensanismo, indefinibles verbas que carecen de sentido agás traducidas desde o sentimento.

Porque iso era Casares: un latexo ourensán.

Do mesmo xeito que o poeta derrama bágoas no caderno, silandeiro adrede, como manda o acto creativo, así transitaba o noso flamante medallista aurífero, sorteando vaidades a pesares dos perigosos territorios que percorría, veciños moitas veces de idolatrías de balde.

Pero a gabanza de onte foi distinta. Carlos quixo estar presente porque esta era unha homenaxe a el como guerreiro da terra que máis areas deu aos mares do mundo: Ourense. Nome de 7 letras, como Casares, como Mouriño, como a ledicia que sentimos cantos compartimos coa súa memoria o recoñecemento que a provincia de Ourense lle fai por Bo e Xeneroso, por permitirmos lembrar as súas conversas e a fondura de saberes que nos transmitiu sen troulas nin timbais.

Sei certo que si Carlos tivese sido emperador de Roma xamais entraría na cidade eterna aclamado polas masas; non o permitiría, por moitas vitorias que acadase. Buscaría algún vento ferido e un atardecer ao sol do verán, deixando os loureiros para outros. Fixádevos ata que punto é verdade o que digo que mesmo lle deixou a Deus un sillón azul para sentar, infinitamente amable como era, e como sempre será, o mellor narrador de silencios de toda a literatura: Carlos Casares.

(Fernando Méndez, La Región, 10 de marzo de 2018)

__________________________

Señor Kwadwo

Hay un profesor en Ghana que enseña informática dibujando con tizas en la pizarra lo que sería una página de ordenador. En la descripción incluye los cuadraditos de herramientas y todos los iconos que en la vida real —o sea, en la virtual— utilizamos para escribir en Word, el famoso programa informático. Fascinante jeroglífico… Piensen qué hubiese pasado por nuestra mente hace algunas décadas si alguien apareciera un día en clase y empezase a llenar el encerado con esos extraños dibujos.

El caso es que los alumnos están encantados: el “arte de pizarra” de su maestro es lo más parecido a la modernidad que han visto en sus vidas; de ahí que el señor Kwadwo, que así se llama el profesor, consiga niveles de atención inigualables, y lo mejor de todo: los niños reciben como esponjas una formación en tecnologías de la comunicación que, de otro modo, solo podría transmitirles contándoles que un día alguien mordió una manzana (Blancanieves aparte) y desde entonces el mundo cambió para convertirse en un lugar de seres menos reales pero más veloces, capaces de llegar a cualquier sitio con solo mover un dedo.

Esto dicho así en una escuela rural de Ghana suena a mitológico, pero reconozcamos que el señor Kwadwo ha dado en la tecla. Ha estimulado la imaginación de unos niños condenados, como poco, a ser siempre terceros, porque viven en lo que llamamos “tercer mundo”. Y no solo eso: con esta idea el maestro lanza también una llamada de atención por la falta de medios que padecen los colegios de su país.

Y claro, ha sido conocerse la noticia y la cosa se ha hecho viral en los ordenadores construidos con plástico, vidrio, cobre, hierro y aluminio —no en los de tiza—. Una ola de solidaridad internacional lo recorre todo en forma de campaña de ayuda al señor Kwadwo por lo impagable de su método, tan eficaz para el despertar creativo. El tema resulta sorprendente porque en latitudes como las nuestras, en lugar de dibujarlos, a los ordenadores los reciclamos en función de las modas que imponen las manzanas mordidas y otros frutos.

No digo que la tecnología reste creatividad (aunque lo piense), pero reconozcamos que las neuronas se nos han vuelto un poco holgazanas: ya no nos sabemos los números de teléfono, y a la mínima, recurrimos al gooloso buscador para hallar respuestas. África nos ha sacado los colores y los ha puesto en una pizarra. ¿Qué más podemos hacer que sumar, restar, multiplicar y dividir, profesor Kwadwo? Y él nos responde: creer y crear.

(Fernando Méndez, La Región, 3 de marzo de 2018)

__________________________

Las gafas de la verdad

Los chinos acaban de inventar unas gafas que si te las pones puedes averiguar al instante toda la información de la persona que estás mirando, es decir, su nombre, dónde vive, si se ha portado bien o mal en la vida, y muchas cosas más… Han equipado a la policía con esta nueva arma visual coincidiendo con el Año Nuevo Chino, época de masivos traslados en aquel país, y donde, al parecer, este artilugio de última tecnología va a aumentar la seguridad en estaciones y aeropuertos al permitir detectar a delincuentes.

En nada, los bazares chinos nos ofrecerán la versión low cost de dichas gafas, que compartirán estantería con despertadores, calculadoras y demás enseres imprescindibles para nuestra vida, todos apilados a toneladas en los interminables pasillos de estos establecimientos orientales.

Además, es buen momento: pronto llegará la primavera y podremos recorrer las calles con nuestras flamantes gafas, al tiempo que hurgar en los datos más íntimos de cualquier persona. Con el tiempo, pasarán de moda, y el hecho de poder conocer “todo” de “todos” ya no será sorprendente, como le ocurrió al avión, al móvil o al fax… Pero mientras tanto, la utilidad de estos nuevos anteojos se presupone infinita: de entrada, si vas a una ventanilla y el empleado de turno no te atiende con la diligencia debida puedes lanzarle un fogonazo amenazante aireando ante la concurrencia algún secreto íntimo suyo o, por el contrario, si se muestra amable quizás te apetezca enviarle a su domicilio un ramo de flores o un par de entradas para el teatro.

Por supuesto, la fiabilidad de la información dependerá de la calidad: con gafas “de marca” irás a tiro fijo a la casa de la persona desconocida, o a su trabajo o a su lugar de ocio, mientras que con las otras, pulurarás desorientado por las calles, como con un tom-tom sin actualizar.

Sea como fuere, las gafas de la verdad han venido para quedarse. Los chinos no fallan. Y tras ellas llegarán las de visión “rayos X”, porque, seamos sinceros: los datos cuando apabullan provocan empacho; sin embargo el eslogan de “una imagen vale más que mil palabras” afianzará su argumento al vernos con nuestros cuerpos expuestos a la intemperie de la libertad visual. Y entonces ocurrirá como con el caballo desbocado de Internet, ¿quién le pone puertas al ojo?… Lo bueno es que ya no habrá mentiras ni falsas apariencias, ni tan siquiera secretos inconfesables que resistan la privacidad. Las ataduras morales serán evanescentes, permisivas como un botellón de madrugada, con la procesión yendo por dentro y la imaginación arrinconada en la memoria.

¡Todo por la plástica!

(Fernando Méndez, La Región, 9 de febrero de enero de 2018)

__________________________

Rayando el aire

Hay una aerolínea en la que si vas desnudo viajas gratis.

Se le ocurrió un día al dueño de la compañía, ya con el cupo de sorpresas agotado y sin jugo que exprimirle a la rentabilidad. Dijo que, gramo a gramo, todo cuenta, y puso como ejemplo las minúsculas arenas que sumadas a millones forman las playas del mundo. Ese kilo y pico de camisa, vaqueros y abrigo, multiplicado por no sé cuántos viajeros, aviones y trayectos, da como resultado un considerable ahorro de combustible.

De lo que no habló el ejecutivo fue del calzado, supongo que para no activar polémicas sobre las procesiones de gente por las pistas de los aeropuertos (economía frente a seguridad). Bastante tenemos con las eternas colas y con empaparnos si llueve como para, encima, ir descalzos y llegar a la aeronave con los pies como Tarzán o llenos de ampollas por el abrasante asfalto en verano. ¿Dónde quedaría entonces el glamour de viajar en avión sin Nike o con los tacones tan lejanos?… Seamos serios.

También omitió el directivo, no sé si deliberadamente, el tema de la ropa interior. Desnudos, sí, pero con matices, puntualizó. Seguro que si por él fuese habría vuelos nudistas, pero supongo que al echar cuentas concluiría que el margen comercial se iba al garete al tener que disponer en cada trayecto de cojines desechables (salvo que decidiese incluirlos como “extra”, a modo de maleta facturada).

En realidad, exagero. El estilo Adán y Eva a bordo aún no ha llegado; pero no lo descarten. Tras la nueva norma de una famosa aerolínea de no permitir equipaje en cabina —solo el bolso— vendrá la de viajar de pie, agarrados a argollas de cuero ancladas al fuselaje. Entonces sí, volar se volverá una experiencia genuina: flotaremos como péndulos, e incómodos pero felices recorreremos Europa a precio de ganga oscilando en la ingravidez.

Y así, en la excitante vorágine ahorrativa de hacer kilómetros casi gratis, llegará la supresión de los cuartos de baño, y con ella la adaptación de nuestro cuerpo a las nuevas condiciones: vejiga ultra-contenedora y mente considerando superfluas las necesidades fisiológicas (como en las películas, en las que nadie va al baño). De esta forma evolucionaremos hacia sucedáneos de Ícaro y conquistaremos el “azul” con ofertas milagrosas.

¿Alguien se imaginaba hace cien años que un trasto con trescientas personas pudiese surcar los cielos con tanta gracilidad? Ya lo dijo el gran Alberto Cortez: “Quiso volar igual que las gaviotas”…

(Fernando Méndez, La Región, 24 de enero de 2018)

__________________________

Mar y nieves

Lo de ponerle cadenas al coche es, como el inglés, la gran asignatura pendiente. En cuestión de idiomas, mal que bien, nos defendemos para preguntar una dirección o pedir una cup of café con leche; pero cuando se trata de montar las cadenas la cosa se complica hasta la congelación.

Entre el frío que te hiela las manos —por supuesto, nos hemos olvidado los guantes— y la tensión de verte allí, a pie de neumático y con la rodilla empapada, no es de extrañar que la concentración flaquee. Repasamos mentalmente las instrucciones y maldecimos no haber dedicado más tiempo a entrenar.

Todo esto, suponiendo que llevemos cadenas, claro. Porque la segunda opción ya ni se plantea. Quizás haya sido esta la causa de que días pasados se colapsara la A6: no llevarlas. La culpa fue de los conductores por no tener en el maletero una pala, una linterna, barritas energéticas, agua como para darle de beber a un camello y, por supuesto, un sistema antideslizante para las ruedas, objetos que, según los expertos, deberían haber metido en el coche los inconscientes que salieron de Madrid camino del norte. Hay que ser más precavidos… que nunca se sabe cuándo tocará hacer espeleología.

Ya lo advertían los carteles: “Nevadas”. Así que a nadie se le ocurra reclamar. ¿Qué son doce horas metidos en el coche con niños, abuelos, embarazadas o personas necesitadas de medicinas, todos ellos atenazados por el miedo a morir congelados? ¿Quién les manda haber salido de viaje?…

Ironías aparte, lo que menos se ha oído en esta crisis viaria ha sido la palabra “Disculpas”. Da la sensación de estar en una inmensa sala de squash donde la pelota rebota en todas partes. En estos casos se aplica lo mismo que ocurre cuando el mar destroza paseos marítimos o se lleva en una ola a personas que tentaron a la tormenta en busca de una foto. “Fenómenos meteorológicos adversos”, que dicen los del tiempo. Y eso me suena a los “daños colaterales” de las guerras.

Arropamos las palabras para que no se resfríen de firmeza, y así vamos capeando el temporal. Entre mar y nieves anda la cosa estos días, con el perdón confinado en el confesionario, su lugar preferido.

Resumiendo: la próxima vez háganle caso a las señales en lugar de culpar a la DGT, siglas que algunos ya han definido como Dirección General de Trágicos.

(Fernando Méndez, La Región, 13 de enero de 2018)

__________________________

Reyes y truenos

Superada la polémica de las «Reinas Magas» (y aquella de llevar el bebé al escaño para conciliar, mientras la niñera esperaba a que hicieran la foto) ahora resulta que la venida de los Reyes Magos depende del tiempo. En Oriente llueve más bien poco y no vaya a ser que se les moje la mirra.

Como las tradiciones se adaptan a necesidades ideológicas y económicas, no es de extrañar que algunos ayuntamientos hayan dicho que Cabalgatas, sí, pero amortizándolas. Y, como siempre, los niños pagan el pato.

¿Qué les pregunten a ellos qué les parece que el desfile se haga al día siguiente de recibir los regalos, como va a ocurrir en Morón de la Frontera? Supongo que allí los niños no tendrán manos para recoger caramelos, ya que estarán ocupados en exhibirles los regalos a sus Majestades, unos como agradecimiento y otros como reproche por haberse equivocado de modelo de vídeo-consola, pongamos por caso.

En otros lugares han preferido adelantar la Cabalgata. Pero todos con la intención de la que la lluvia no les chafe el evento. De verdad, ¡qué complicados somos los adultos! Nos pasamos la vida planificando cosas, y cuando nos cansamos, el sentido común y la sencillez las ejecutan; precisamente dos cosas que han faltado a la hora de organizar en muchos lugares el «mágico» paseo real. No hay evento más importante. No hay otro que desborde tanta emoción ni tanta inocencia infantil. ¡Al cuerno la lluvia! ¿Qué más da si toca mojarse, estropear el peinado o que la carroza vaya menos refulgente. No hay problema, los Reyes son magos.

Cada semana veo campos de fútbol llenos de gente empapada en las gradas; o peregrinos como pitos haciendo el Camino, felices; ciclistas con barro hasta las orejas; personas que se bañan en champán cuando les toca un premio… Y no pasa nada. Bueno, sí pasa: que el placer manda a la porra a las humedades porque prima la satisfacción. Pero, claro, eso solo se permite en el Mundo Adulto.

El hecho de que un niño pueda ver, aunque solo sea por un instante, la imagen de Melchor, Gaspar y Baltasar subidos a su trono debería justificarlo todo. Lo malo es que los órdenes temporal y sentimental vibran cada vez más asíncronos; lo material ha superado al sentimiento: cumpleaños, entierros y otras celebraciones dependen en gran medida de cosas que nada tienen que ver con el origen de su conmemoración. Y así andamos, adelantando y retrasando el reloj, buscando el sol, sin darnos cuenta de que siempre está ahí, a pesar de las nubes, los reyes y truenos. Suerte que la inocencia infantil tiene raíces profundas y pocas tormentas la alcanzan.

(Fernando Méndez, La Región, 6 de enero de 2018)

__________________________

Una carta para ti

Hace muchos años nos felicitaba la Navidad el telegrafista. También lo hacía la lechera, el sereno o la sombrerera. Esas profesiones —las ya extinguidas y las que aún perduran— significaban mucho en el día a día de la gente. El farolero, gracias al cual podíamos andar por las calles al caer la noche; la portera, que mantenía impecable nuestro vestíbulo y la actualidad del barrio; el lampista, el carbonero o el espitero del gas…, todos tenían un lugar reservado en las antiguas postales de Navidad, porque de ellos era el reino de los suelos, es decir, de lo cotidiano, de las cosas que nos rodean.

Siempre en Navidad te asalta la «cercanía de los tuyos». El calendario se hace sentimiento a medida que llega Nochebuena. Diríamos que la nieve arde, que la sal es dulce o, para entendernos, que una vaca pasa volando, con tal de que no nos quiten la capacidad de amar y ser amados, de sentir y ser sentidos, esa inexplicable sensación que no se puede medir ni pesar pero que en estas fechas es más potente que la mismísima Gravedad.

Si en Navidad el cariño compitiese ganaría por goleada. Llámenle tradición, naturaleza humana o simplemente necesidad vital de afecto, lo que quieran. Lo cierto es que en estas fechas el amor se pone gafas de aumento, lee la letra pequeña, y el más mínimo de sus componentes químicos, físicos y espirituales provoca un cataclismo emocional: lloramos más, reímos más, somos más solidarios, más pacientes y más permisivos, abrazamos, besamos, compartimos…, todo más.

Y eso está bien.

A caballo entre un año y otro, galopamos sin montura sintiendo el roce telúrico del afecto que, de niños a mayores, nos deja un inmenso espacio para sentir.

Ahora que se ha perdido la tradición de las postales sería un magnífico momento para recuperar la ilusión de recibir una carta. Hagan memoria los que más años tengan y piensen por un momento la sensación que experimentaban cuando tomaban el sobre entre sus manos y se disponían a desvelar el secreto que contenía aquel rectángulo con borde rojo, blanco y azul.

Era tan frágil… Tanto cuidado teníamos que si lo rasgábamos nos dolía como si cortásemos con un bisturí la piel del sentimiento.

Y abríamos el sobre. Era como si los Reyes Magos nos hubieran escrito desde Belén, aunque el matasellos pusiese Buenos Aires, Zurich, Madrid, Caracas, Frankfurt, Barcelona o México. Hipnotizados, descifrábamos aquel manuscrito —tan difícil de leer y tan sencillo de querer—, que desbordaba energía y nos mantenía en vilo hasta la última línea, hasta el «Te quiero» final, hasta el «Te echo de menos», o incluso hasta el «Sinceramente tuyo».

No es cierto eso de que el papel todo lo aguanta. Hay ocasiones en las que las lágrimas lo reblandecen o la felicidad lo arruga, pero lo que no podemos negar es que allí está el alma de quienes nos aman.

Ayer era así, y hoy también lo sigue siendo aunque cambien los canales de comunicación. Porque, afortunadamente, lo que nunca dejará de existir es el amor.

Feliz Navidad.

(Fernando Méndez, La Región, 24 de diciembre de 2017)

__________________________

Casares en camisón

Contó el otro día Håkan Casares, hijo del siempre querido y admirado Carlos Casares, una curiosa anécdota en el homenaje que el Parlamento de Galicia organizó en el Liceo de Ourense en honor del insigne escritor. «Durante un tempo meu pai gustaba de durmir en camisón», dijo Håkan, rompiendo el serio desarrollo del acto. Al parecer, se encontraba muy cómodo con esa prenda, y tanto es así que se la llevó de retiro a un monasterio cuando él y varios intelectuales más se reunieron allí para traducir textos y reflexionar sobre literatura.

El tema, siendo ya curioso de por sí, tuvo aún otra vertiente más cáustica, cuando Håkan desveló que durante varios días le desaparecieron los camisones a Carlos Casares de su habitación, sin que pudiese encontrar explicación racional alguna. De hecho, tuvo que pedirle a su esposa, Kristina, que cuando fuera a visitarlo el fin de semana con sus hijos le llevase repuestos de camisones, ya que, misteriosamente, las prendas desaparecían intramuros.

Entre los intelectuales que participaban en ese retiro literario había una mujer, y he aquí la clave de tan turbador enigma. Comentó Håkan que los camisones que por arte de magia desaparecían de la celda de su padre «viajaban» secretamente cada mañana hasta la habitación de la mujer. Nadie le insinuó nada a Carlos. Por supuesto, los intelectuales son gente muy seria. Eso debió de pensar la persona que, al amanecer, encontraba camisones en la habitación de Casares, y quizás para apartar pensamientos espurios, los devolvía al lugar del que —creía— procedían, sin saber que se equivocaba, pues el bueno de Carlos el único «pecado» que cometió en aquella abadía fue el de dedicarse en cuerpo y alma a su gran pasión, aparte de su familia y amigos, que era la cultura con mayúsculas.

Håkan nos arrancó una sonrisa el otro día. Y los que recordamos a Carlos con el cariño que de él emanaba, se lo agradecemos. Porque, en camisón o en pijama, Carlos Casares siempre estará cómodo en nuestro recuerdo.

(Fernando Méndez. La Región, 4 de diciembre de 2017)

 ____________________________

Todos contentos

Había una vez un país donde la gente siempre era feliz. ¿Terremotos?,  a reconstruirse; ¿inundaciones?, a achicar agua; ¿aeropuerto peligroso?, a pilotar con cuidado… En este lugar, donde hoy siguen ocurriendo todas estas cosas, sus habitantes son pobres pero carecen de pobreza, es decir, no tienen en su ADN los genes que disparan la avaricia, el egoísmo o el afán de poder que tanto necrosan a las sociedades modernas. En Bután, que así se llama ese hermoso sitio del Himalaya, la felicidad es desbordante, según las estadísticas.

Allí, como en otras partes del mundo, hay niños, cuya única preocupación es estudiar y jugar, comer y jugar, dormir y jugar, ayudar en las labores domésticas y jugar… Pero si en Bután midiésemos el grado de “inocencia infantil” -esa virtud que nos empeñamos en destruir cada vez a edades más tempranas- seguro que ganaría por goleada frente a la de muchas otras partes del mundo.

Digo esto por el espectáculo que estamos viviendo con esta suerte de luchas territoriales, que flaco favor le hacen al otro “territorio”, el de la inocencia infantil, doctorándose como están los niños en banderas, pancartas, gritos, retóricas, discursos y actos que muchas veces nos asemejan más a cualquier otra especie animal que a la “inteligente” especie humana.

Cuando se tensan los espaguetis, el pescado huele mal y el yogur se corta porque el mantel se convierte en un ring, mala cosa. Cuando en el salón, noticias de por medio, sobrevuelan preguntas con voz atiplada, producto de la confusión que perciben estos “locos bajitos” al no entender lo que está pasando, y nosotros no encontramos una respuesta sensata que darles, malo.

Si a los niños, en lugar de educarlos en valores de igualdad y respeto les inoculamos el virus de “lo diferente”, de “lo mejor y lo peor”, de “la batalla y la paz”, pues eso: malo, malísimo. Claro que, siempre habrá quien diga que no debemos abstraerlos, que es bueno que se empapen de la realidad, para fortalecerse.

Y mientras, todos contentos. Con la codicia de los adultos sacando pecho y dando ejemplos nefastos de intolerancia, los niños crecen a nuestra imagen y semejanza. Y si hay que corregirlos, tranquilos, siempre nos quedará la canción, más que nada para no complicarnos: “Que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”…

(Fernando Méndez. La Región, 13 de octubre de 2017)

 ____________________________

¡Viva septiembre!

En septiembre no hay propósitos como en Fin de Año. Quizás sea porque el curso o la vuelta al trabajo no beben de la fuente de los deseos románticos macerados entre uvas y campanadas. O puede que la practicidad de este mes de andar por casa nos obligue a pisar firme.

Septiembre es de vuelo bajo. Nada de filigranas. Toca rasear la realidad con encomiendas escolares y cambios de armario, sintiendo esa melancolía llamada “Estrés post-vacacional” o después de navidades, “Cuesta de enero”, un término cargado de negatividad, casi bélico, que nos hace deambular automáticos y a remolque por el umbral del otoño.

Y es que, volver a lo cotidiano impone. Te adentras en un territorio salvaje, y aunque conocido, no exento de peligros. Según lo recorres te golpean ramas de facturas e hipotecas como arbustos que impiden otear el día 30, y al andar, pisas hojas de agendas laborales que tapizan la senda, mientras el Portal de Belén ni se intuye; queda lejos. Así que acampamos al abrigo de la rutina y, como en el Oeste, formamos en círculo para que no nos electrocute la cuenta corriente.

Habremos de ir con tiento. Guardad energías. No lleguéis exangües a las próximas vacaciones. Derrochad, eso sí, bienvenidas y abrazos, erosionaos con besos de reentrada en la atmósfera de lo diario y dadle a la resignación el protagonismo que se merece.

De paso, como en la Lotería, recordad la importancia de la salud (paellas y sangrías estivales al margen) y alentad al equipo para la cruzada invernal.

¡Ay, septiembre! ¡Viva septiembre!… Qué poéticos nos pone. Mes de diez letras, como “Vacaciones”, pero con fama de malo de película (en otras latitudes su homólogo es marzo; por lo tanto, la culpa no es del nombre sino del efecto).

Septiembre: comienzo y cuna de tantos proyectos, bujía de ilusión… Viaje para el que no necesitas maletas porque, salvo excepciones, no vas a ninguna parte. Tan solo enfócate en la aptitud. Calma y que fluya, que enseguida la bufanda estrangulará al verano y el paraguas evitará que te empapen los recuerdos estivales.

Al menos, que no decaiga la lírica.

(Fernando Méndez. La Región, 8 de septiembre de 2017)

 ____________________________

Niños y niños

Ni a los niños de Oriente Próximo ni a los de África (entre otros muchos) hace falta difuminarles el rostro para salvaguardar su identidad. Nadie va a denunciar intromisión en su intimidad. En eso son iguales, por ejemplo, a las infantas, aunque a ellas les va en el cargo la cosa de la imagen pública. Pero para los miles de menores que a menudo salen en las noticias siempre rodeados de tragedias, lo de menos es preservar su privacidad. Eso no nos preocupa lo más mínimo.

Viene esto al caso porque acabo de ver a Omran, el niño sirio cuya imagen dio la vuelta al mundo hace un año: sentado en una ambulancia, quemado y lleno de heridas, mientras esperaba a que lo llevasen a un hospital de Alepo. No lloraba ni pedía auxilio. Solo miraba y se tocaba la cara, con el sufrimiento tan asumido como el respirar. Pues bien, Omran vuelve a ser noticia porque acaban de difundir un vídeo y dos fotos suyas: la de hace un año en la ambulancia y la de estos días, ya recuperado y aparentemente feliz.

Mientras a los niños de la prensa rosa les siguen “pixelando” los ojos —la exclusiva es la exclusiva— a Omran nos lo ofrecen a cara descubierta. Él solo es un “daño colateral”. Los otros forman parte de ese circo comercial que, previo pago, aún respeta la intimidad de los menores. Por eso vemos bien que salgan con una tira traslúcida en los ojos o que los fotógrafos eviten deliberadamente sacarlos en el plano junto a sus padres, en medio de una maraña de micrófonos y pasos apresurados.

Supongo que en Alepo la justicia prioriza otras cuestiones antes que la intimidad de los menores. En Alepo y en otros lugares… Los niños anónimos son anónimos para todo. Y la prueba es Omran. Es evidente que la vida forma parte de una subasta en la cual, dependiendo de tu economía y del territorio donde vivas así te irá. Donde la razón se obtiene a base de fanatismo y violencia los derechos son como el rostro de Omran en la ambulancia: sangrantes. Son lugares en los que la única exclusiva que llena bolsillos es la ilusión por sobrevivir.

Por eso, ahora que veo a Omran sin quemaduras, me alegro, y defiendo que no hay que poner vendas en los ojos de nadie, si acaso quitarlas para ver el egoísmo que aniquila la inocencia infantil. Eso sí debería ser delito. Pero como a los niños basta con darles un caramelo, pues nada… Y si apuntan maneras bélicas, un fusil tampoco es mal regalo. Todo sea por verlos crecer fuertes ante la adversidad, a nuestra imagen y semejanza.

(Fernando Méndez. La Región, 9 de junio de 2017)

 ____________________________

Malos pensamientos

Si los pensamientos negativos contasen como grasa corporal tendríamos una cabeza inmensa. Esta obesidad cerebral estaría relacionada con todo lo malo que se nos pasa por la mente. Actuaría como “comida basura”: que te enfadas o te sumes en el pesimismo, pues nada, calorías a la materia gris, como si le metieras bollería o patatas fritas con mayonesa.

Por contra, los buenos pensamientos obrarían en favor de nuestra salud mental, igual que las frutas, los vegetales y todo eso que se conoce como dieta saludable para el páncreas, el corazón, el hígado, los intestinos, etcétera, etcétera…

El otro día pensaba yo en estas cosas mientras iba por la calle, y empecé a fijarme en las cabezas de la gente, en su dimensión, intentando ver si mi teoría de la gordura craneal asociada al pensamiento podía tener alguna base empírica. Más allá de comprobar que el tamaño de las cabezas es más bien estándar, advertí que el rostro es, como dicen, la radiografía de la mente. A diario, desde que nos levantamos e incluso antes, nos invaden pensamientos que podríamos definir como “preocupantes”. Es como si, nada más despertar, nos inyectasen en el cerebro la “droga de la inquietud”. Nos sobresaltamos a la mínima, y pocas veces tenemos la paciencia suficiente para pararnos a analizar que no todo es blanco o negro y que hay una inmensa gama de grises, es decir, que el león de la vida no es tan fiero como lo pintan.

Pero nuestra naturaleza es así, qué le vamos a hacer… Nos pasamos el día en Modo Alerta. Solo los monjes del Himalaya y pocos más son capaces de poner la vida al ralentí. Y nosotros diremos en nuestro descargo: claro, esos monjes no tienen hijos, ni hipotecas, ni atascos (de tráfico), ni nada que altere su paz interior… Es cierto, pero también lo es que muchas veces nos ahogamos en un vaso de agua.

De ahí lo de la obesidad craneal y los malos pensamientos. Al menos, en eso estamos bien construidos. Las neuronas no acumulan grasa por mucho “pensamiento basura” que tengamos. Puede que la negatividad nos pase factura en otros territorios corporales, pero, a simple vista, en el tamaño de la cabeza, no. Aun así, tranquilos, siempre podremos mejorar nuestras capacidades. ¿No hay gimnasios para estilizar la figura y recargarnos de salud? Pues igual hay en Youtube vídeos para entrenarse en pensamientos positivos. Eso sí: sin pensar mucho, que el cansancio psicológico agota un montón.

(Fernando Méndez. La Región, 2 de junio de 2017)

 ____________________________

Comuniones

Estos días hierve el Territorio Comuniones. Con los niños ultimando sus catequesis, los padres preparando el festejo (dentro y fuera de la iglesia) y todos con la ilusión de ver el gran momento en el que su hijo o su nieto reciben el santo sacramento, para, minutos después, abandonar el templo con algarabía y en bandada, rumbo al restaurante.

Suena bien. Una fiesta más. Con excepciones, hace mucho tiempo que se ha perdido el verdadero significado de la Comunión y del Casamiento. El acto social supera al religioso, y los rosarios, los anillos y toda la suerte de elementos que acompañan a los protagonistas son apenas atrezo, complementos que se aparcan al llegar las cigalas o con los primeros compases de bachata en el comedor.

Porque comuniones, bodas, ya los bautizos (y pronto los entierros con ágape) son celebraciones que revelan nuestra querencia festiva por encima de nuestra “creencia”.

No hay más que ver a los novios semanas antes de la boda: van a misa cuando el párroco celebra en su honor, y tras pasar por el altar muchos no vuelven a pisar la iglesia hasta que toca funeral. Y con las comuniones, lo mismo: marineritos e inmaculadas damas blancas cuelgan sus hábitos y dejan de ir a misa por falta de tiempo, carencias de fe o cualquier otro sólido argumento dominguero. “Ya elegirán ellos cuando sean mayores”, dicen sus padres.

Toda opción es respetable, faltaría más. Allá cada cual. Creer en Dios, en Alá, en Osiris o en la cuenta corriente, es un maravilloso ejercicio de libertad que se nos permite en civilizaciones modernas y avanzadas. Pero claro, eso es una cosa y la coherencia, otra bien distinta. ¿A santo de qué nos arrodillamos y nos santiguamos si pensamos que eso es un paripé, un peaje que pagamos a cambio de recorrer la alfombra roja camino del altar, donde aguarda Tom Cruise con casulla y estola para darnos un Oscar con forma de oblea?

Eso sí, en vísperas, los niños se saben el Padrenuestro al dedillo y los novios se prometen fidelidad eterna. ¿Qué más da?… Como ahora somos esclavos de la obsolescencia programada, al pacto con Dios también le ponemos fecha de caducidad, como un alquiler, no vaya a ser que tras el juramento cambiemos de opinión y nos metamos en pleitos divinos, lo cual sería muy grave.

(Fernando Méndez. La Región, 18 de mayo de 2017)

 ____________________________

22.191

Esta cifra se refiere al número de actos oficiales a los que asistió Felipe de Edimburgo, consorte de Isabel II (lo de «consorte» es por hablar con propiedad, con acento a realeza). El tema está de actualidad porque el compañero de la reina británica acaba de anunciar que se retira. No se jubila, se retira. Es decir, se aparta de la vida pública. Realmente se va en otoño, pero lo avisa con tiempo, con el mismo ritmo cadencioso que se hace todo en palacio, como debe ser, sin prisas ni para ir al baño.

Y es que los edificios reales albergan una realidad irreal para el común de los mortales. Ni los dibujos animados se salvan de ofrecer esa imagen modélica, intachable, de sístole y diástole perfecta, de luces, colores y formas donde todo cuadra, donde nada se deja al azar porque allí ni la corriente es corriente.

«En palacio todos los sueños se hacen realidad», podría ser el eslogan. Bien distinto es lo que ocurre de puertas afuera, mismo ya a unos metros de la verja, donde hay tubos de escape echando humo, atruenan sirenas y gritos, y donde el verbo «conciliar» se aferra a los abuelos desde primera hora de la mañana. También allí, extramuros, «llegar a fin de mes» es frase trending topic, nace y muere gente, las personas se aman y se enfadan, se ilusionan o mandan todo al carajo. Es decir, lo normal para cualquier terrícola.

No digo que en las estancias monárquicas no ocurran estas cosas, pero convendrán conmigo en que pasan más desapercibidas. Por ejemplo: al bueno de este hombre, Felipe de Edimburgo, apenas se le notan las siete décadas al servicio de Su Graciosa Majestad. Y seguro que habrá tenido sus preocupaciones, sus cabreos y sus alegrías, peeero… Buckingham es Buckingham, y el grado de ingravidez a los problemas que existen en palacio no debe de parecerse en nada al del metro de Piccadilly Circus en hora punta.

Pero, no crean, lo de pertenecer a la realeza tampoco es una bicoca. Quitando los viajes, la ropa, el jardinero, las sesiones de peluquería y maquillaje, el chófer, el glamur, la pompa, el poder y la asignación presupuestaria, por lo demás no se diferencian gran cosa de nosotros. Y mucho menos nuestros reyes, que son de lo más parecido al ciudadano común, comparados sus homólogos.

Resumiendo, que felicidades a Felipe de Edimburgo por ser el consorte de más largo servicio en la historia británica. Y a todos nosotros: hoy puede ser un gran día, plantéatelo así.

(Fernando Méndez. La Región, 6 de mayo de 2017)

 ____________________________

Cárcel

Recuerdo la última vez que estuve en la cárcel. Hará cosa de veinte años. Recababa yo información para un reportaje sobre drogodependencias y mi estancia no pasó de dos horas, pero aquello me pareció una eternidad. Claro que, en aquel módulo, donde convivían condenados y preventivos definidos como «presos comunes», no había celdas para VIPs, de esas que tanto se habla ahora; fueras donde fueras, el tufo a desesperanza hacía irrespirable el ambiente y la rutina era como la droga: no se veía pero se notaba.

Mientras la humanidad no invente otro sistema para «hacer justicia» que no sea privar de libertad a las personas (y la alternativa no debe de ser fácil, pues llevamos así varios miles de años), mientras tanto, digo, seguiremos admitiendo el convencionalismo de meter a la gente entre rejas, igual que el de ir a curarse a un hospital o comprar el pan en la panadería. Nada sorprende cuando se vuelve costumbre.

El caso es que, hablando de prisiones y delincuentes, como todo evoluciona, ahora ya no hay grilletes ni pesadas bolas atadas a los tobillos. Ahora separamos a los presos por secciones, como en las bibliotecas, en función de su peligrosidad o del delito cometido. Los delincuentes de «guante blanco» (¿será porque emulan a los magos?) son destinados a la zona noble de la prisión, lejos de los denominados «internos conflictivos». Otro convencionalismo. De la misma manera que en la cocina alejamos el detergente del aceite tampoco juntamos a asesinos despiadados con corruptos. Y es normal: un corrupto te puede matar de indignación pero eso no lo convierte en asesino.

Los delitos del dinero son mucho más limpios, ¡dónde va a parar!… De ahí lo de blanquear. Los asesinos manchan y los ladrones de joyerías desordenan, pero los del guante blanco ni tosen, oye. Por eso, para purgar su acción criminal —silenciosa donde las haya— se merecen un lugar exento de malas compañías, algo así como el «ala oeste» de la prisión, para pasar su penitencia rodeados de mansedumbre.

Tal vez debamos acabar haciendo una cárcel solo para violadores, otra para homicidas, otra para ladrones, otra para narcotraficantes y otra para los del guante blanco, esta última, con baño privado en la celda, televisión, conexión a Internet y móvil con tarifa plana. ¿No se trata de reinsertar?… Pues perseveremos en ello: secuelas carcelarias, las mínimas. Así al menos nos quedará la posibilidad de que se arrepientan y devuelvan el dinero cuando salgan… ¿Por qué sonríen? Hablo en serio.

(Fernando Méndez. La Región, 2 de mayo de 2017)

 ____________________________

Golosinas

El éxito en tu vida depende de cuánto tardas en comerte una golosina. Dicho así, suena raro. Pero no tanto, si tenemos en cuenta que esta afirmación procede de un estudio realizado en Estados Unidos —siempre dados a experimentos psicológicos—, que asegura que si resistes la tentación y esperas 20 minutos para comerte el dulce desde que te lo ofrecen tendrás una vida plena, más autocontrol, mejores relaciones sociales, trabajo satisfactorio y altos índices de eficacia en situaciones difíciles. Pero, ojo: la prueba hay que hacerla a los tres años de edad; de más mayor ya no vale.

O sea, que si eres de los que se zampa la golosina nada más recibirla, error, fracaso total. Resígnate a una vida trivial.

Yo no lo recuerdo, pero pondría la mano en el fuego afirmando que si a esa edad tan temprana alguna vez me invitaron a una golosina no esperé ni veinte ni cinco (segundos), y me fui de cabeza al sector estadístico del común de los mortales.

Este tipo de estudios están bien para promocionar carreras como Psicología y Sociología. También sirven para llenar las páginas de Sociedad, e incluso como argumento para artículos como el que están leyendo. Pero la realidad es bien diferente: son tantos los factores que influyen en una persona a lo largo de su vida para determinar su conducta, carácter y comportamiento, que no habría computador capaz de conjugar las innumerables variables que el destino, o lo que sea, nos presenta en el camino.

Si usted ha nacido en el Cuerno de África; se llama Kennedy y viaja a Dallas; pasea por una playa de Tailandia en tiempos de tsunami, o está fotografiando al Big Ben cuando un desalmado se dispone a matar gente, lo de la golosina y los 20 minutos no sé yo si tendría mucha utilidad.

Las encuestas son como las predicciones meteorológicas: cuando yerran nadie sale pidiendo disculpas (¡bendito el inventor de la palabra «probable», gran salvavidas de la inestabilidad!) Y estudios psicológicos como el de la golosina van en la misma línea. Seguro que atesoran base científica y todo lo que quieran, no lo dudo, pero si algo tengo claro es que con la comida no se juega… Y con el destino tampoco. ¿Qué es mejor, olvidarse los donuts o la cartera?

(Fernando Méndez. La Región, 28 de abril de 2017)

 ____________________________

Trespedidas

Un día, Amando de Miguel dijo que en España la gente se despide tres veces. Sí, tres. Aquí no vale lo del «Hasta luego» a secas, como hacen los americanos y los ingleses. Es casi una descortesía.

Yo me puse a observar el tema y, efectivamente, comprobé que las «trespedidas» son una práctica habitual: después de una reunión, sea larga o corta, primero decimos: «Bueno, pues nada…» (primera despedida). A esto le sigue un comentario cualquiera —con sus correspondientes segundos de duración— y entonces viene la segunda: «Seguimos hablando…». Llegados a este punto entramos en los momentos de la basura que preceden al definitivo «Venga, hasta luego».

¿A qué sí? ¿A que nos tomamos tan a pecho el tema que casi nos duele separarnos de nuestro interlocutor? ¡Es como si nos fuéramos para siempre, oye!

Ahora bien, todo esto tiene una ventaja: socializamos más. Millones de personas nos «trespedimos» cada día, prisas mediante; y solo cuando la premura manda recurrimos al saludo en movimiento, a la sonrisa andante o a la palmadita pasajera. En estos casos, como autómatas movidos por la celeridad, sin mayores explicaciones, unos y otros sabemos que no hay tiempo que perder.

Claro que también los hay que, aun viendo que vamos a toda mecha, te bloquean el paso como un jugador de rugby, o puede darse la circunstancia de que queramos eludir algún encuentro incómodo, para lo cual recurrimos hábilmente y sin que se note a lo que llamamos «hacer el avión» (nos entendemos, no es necesario explicarlo más).

Sea como fuere, Amando de Miguel tiene razón. En España la cortesía en las despedidas lo puede todo. Siempre queda algo por decir y lo decimos… Y si el tema se ha agotado, ahí está el recurso del tiempo, maravilloso comodín atmosférico. Lo cual me parece perfecto: hoy, que todos nos quejamos de falta de comunicación piel con piel por culpa de las redes sociales, el que sobreviva la genuina despedida dice mucho a nuestro favor.

Perseveremos, pues, en ello. Que no decaiga. Solo nos falta que se ponga otra vez de moda lo de llevar sombrero para tocarse el ala cada vez que saludemos. Que nadie lo dude: al otro lado de Gibraltar también sabemos ser elegantes en el trato.

(Fernando Méndez. La Región, 14 de abril de 2017)

 ____________________________

Tocar el timbre

Ahora ya no venden enciclopedias por las casas. ¿Será que nuestra desconfianza por la mirilla ha rebasado todos sus límites? Vaya usted a saber.

Lo cierto es que la venta fría ha decaído. Ya no nos visita «nuestra» distribuidora Avon, no hay mormones, ni seguros. La tecnología los ha sustituido a todos por una voz que te entra por el oído a través del móvil: nada más conectar te espeta un par de preguntas y tú ni te enteras que te ha birlado información sensible, de esa que ampara la protección de datos.

La última vez que me asaltaron comercialmente me anticipé y dije que no me interesaba. La chica, muy amable, sonrió: «Pero si todavía no sabe qué voy a ofrecerle», a lo que yo repuse: «Lo que no me interesa es que me ofrezca nada».

Dicho así suena fuerte. Pero no crean. Al salir de su asombro, la vendedora se resignó y ambos nos despedimos cordialmente, tras lo cual ella salió de mi oreja.

Pero estas técnicas telefónicas no tienen nada que ver con el cara a cara que se vivía en el rellano con el vendedor de turno. Una pena. Hoy, hasta para comprar eres un número.

Por eso me alegré el otro día cuando un chico llamó a mi puerta, maletín en ristre. Vendía solidaridad. Bueno, no exactamente; más bien quería 15 euros para no sé qué ONG de no sé qué país. Quizás fuese cierto. Pero yo dudé. Me mostró incluso un folio plastificado, con logotipos y firmas, y añadió que 15 euros divididos entre los días del mes no suponían nada. Finalmente, me puso como ejemplo que él colaboraba con tres ONG. «O sea, 45 euros al mes», dije yo. «Sí, más o menos», respondió.

Yo lo felicité pero no cedí: «Es que así, de sopetón, nunca tomo decisiones», fue mi evasiva.

De todas formas, cuando cerré la puerta valoré su intento y pensé que aquel chico tenía su mérito. En los tiempos que corren, tocar el timbre es poner a prueba la dignidad, y mucho más sabiéndote observado desde una mirilla.

Creo que voy a pedir una pizza…

(Fernando Méndez. La Región, 7 de abril de 2017)

 ____________________________

Sin equipaje

El avión está a punto de despegar. En eso, un pasajero se encara con la azafata y le recrimina que no le han dejado entrar con su equipaje de mano. “Tengo derecho”, dice él. “Lo siento, señor —responde, amable, la mujer—. El vuelo va lleno y ya no hay sitio. Su equipaje tendrá que ir en la bodega”. “¡Mire! —protesta el hombre señalando a otra pasajera—, la gente sigue entrando con maletas. ¡Menudas normas de mierda!…”.

Junto a este hombre, corpulento, trajeado y que no llega a los cincuenta años, va sentado otro pasajero, algo más joven y más delgado, que observa pacientemente la escena, como yo, que estoy a medio metro de ellos al otro lado del pasillo. ¿Qué cómo acaba la cosa? En condiciones normales (normales para nuestra condición humana) la bronca iría en aumento y la situación habría rebasado a la paciente azafata, que ya comenzaba a inquietarse.

Pero la providencia quiso que, a punto de despegar, el compañero de asiento del hombre sin equipaje fuese algo así como un entrenador de emociones, un consultor motivacional, no sé…, quizás un psicólogo. Es todo lo que alcancé a oír debido al ruido de los motores.

Y despegamos. Al tiempo que el consultor aplicaba terapia, el hombre sin equipaje se desinflaba. Por mucho que yo afinaba el oído no lograba captar más que frases sueltas, pero fíjense si fue eficaz la doctrina del trainer que todo acabó con la azafata invitando a cava y cacahuetes al hombre sin equipaje y éste, rechazando el ofrecimiento y disculpándose “porque se había puesto como un energúmeno”. Para terminar, le sonrió a la chica con un: “Lo siento mucho”.

Este episodio con final feliz contrasta con la repugnante pelea que protagonizaron unos padres en un partido de fútbol infantil en Mallorca —el Día del Padre, para más inri—, cuando se liaron a puñetazos en las gradas del campo. Es evidente que muchas veces, aunque aparezcan consultores, la podredumbre que invade nuestro orgullo (salpimentada con deficiencias en valores y educación) hace irrefrenables ciertas reacciones. Eso de respirar profundamente y contar hasta diez está muy bien, pero la violencia iracunda es como el vómito: sobreviene, y ya te pueden echar biodraminas (psicológicas y de las otras) que nada…

Por eso, ¿qué tal si entrenamos un poco? Quizás nos sirva para la próxima vez. A ver, respiren profundamente y cuenten conmigo: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10… ¿A que relaja?

(Fernando Méndez. La Región, 31 de marzo de 2017)

 ____________________________

Sentimientos de saldo

Me ha contado un amigo (no sé si será cierto) que en la calle del Paseo van a abrir una tienda para vender sentimientos. Creo que se va a llamar «Feeling», por el punto esnob anglosajón. De entrada, para fidelizar clientela, dispondrán en el escaparte toda suerte de envases, botellas y cajas de llamativos colores con mensajes-fuerza de esos que inundan Facebook los fines de semana, incrustados en bellos paisajes, para subirte la moral cuando no tienes otra cosa que hacer que pasarte horas ante la pantalla del ordenador o el móvil.

Dice mi amigo que dentro de la tienda habrá grandes depósitos —como los modernos barriles de cerveza—, a los que unirán mangueras en el mostrador, y así, como si de una caña se tratase, tú vas y pides medio litro de «Compasión» y te lo sirven en una botella (de diseño, por supuesto), o 100 gramos de «Amor», que presentan en una cajita parecida a las de los bombones, para que cuando el destinatario la abra le explote en todo el rostro la esencia concentrada de cariño, que, al parecer, es más eficaz que el propio Cupido.

¿Qué quieren que les diga? A mí esto me suena a puro marketing. No es que dude de mi amigo pero, sinceramente, lo que se me antoja más difícil no es meter sentimientos en cajas sino fabricarlos. ¿De dónde sacan las materias primas?… Para obtener «Felicidad», por ejemplo: ¿Qué hacen, van al Tíbet y le exprimen la toga al Dalai Lama? O para conseguir «Tesón» ¿agitan a un puñado de emprendedores de Silicon Valley para que decanten ímpetu? La verdad: la idea es original pero un pelín complicada de llevar a la práctica. Además, sería imposible montar franquicias. Las «prioridades sentimentales» en absoluto son las mismas en todos los países. En Addis Abeba, pongamos por caso, un litro de agua es más importante que un kilo de ilusión -porque si no tienes agua ya te pueden regalar toda la ilusión del mundo-, y al revés: aquí un litro de agua no nos llega ni para lavarnos los dientes, mientras que la ilusión anda muy buscada (que se lo pregunten a los líderes europeos cada vez que oyen a Trump).

Otro problema que tendrán los dueños de «Feeling» será fijar una buena relación calidad/precio del producto, porque claro, ¿cuánto duran los efectos de los sentimientos una vez que se destapan? Y pienso en el más importante: el respeto (me viene a la mente porque estamos a principios de año y la abominable estadística de la violencia machista ya ha comenzado a contar víctimas). Y otra cosa: ¿Cómo se aplican estas sustancias?: ¿uso tópico, estilo cremas, o fumigamos el ambiente? En el segundo caso, propongo que las instituciones públicas inviertan en ello, y luego, con drones o ingenios parecidos, esparzan por ciudades y pueblos los sentimientos a modo de lluvia. Siempre habrá alguno que dirá: «Mexan por nós e dicimos que chove», pero la mayoría estará de acuerdo en que una atmósfera llena de buenos propósitos no molesta a nadie. Resumiendo: ya saben, cuando vean la tienda entren disimulando, como quien no quiere la cosa, y presuman de espíritu. Con «Feeling», ¡sentimientos a precio de saldo!

(Fernando Méndez. La Región, 24 de marzo de 2017)

 ____________________________

Dignidad

Si los edificios pudiesen hablar se pasarían el día protestando: las iglesias, por estar muy solas; los museos, por importarnos más su contenido que su continente, y los hospitales por convertir algunos de sus espacios en una suerte de lonjas, con pantallas y butacas, donde la gente espera turno para decir que quiere curarse.

Puestos a suponer, podríamos ir más allá y sumarle a los edificios otros órganos como el aparato digestivo —que vendrían a ser las cocinas y los baños—, el cerebro —situado en los cuartos de estudio— o el torrente sanguíneo —representado por los garajes, con atascos incluidos—. De lo único que carecerían los edificios sería de piernas (resulta imposible imaginar una ciudad con su arquitectura en constante movimiento), pero para todo lo demás estarían perfectamente equipados, con su hígado en el armario de los útiles de limpieza y su sistema reproductor localizado en los dormitorios (aunque para aquellas casas que rompen moldes este órgano estaría en el balcón, por ejemplo).

El caso es que si las viviendas fuesen seres animados veríamos a través de sus ojos —las ventanas— la cruenta batalla que se libra en su interior: infecciones de violencia verbal y de la otra, y ambientadores traspasando los quicios de las puertas a modo de desodorante. Por supuesto, en otros «cuerpos arquitectónicos» sus órganos internos estarían aceptablemente sanos. Es el caso de los vecinos bien avenidos, esos que quedan para ir al bar, que hacen juntos la compra o que llevan a los niños al parque, todos en bandada. Son esos edificios que al pasar delante de ellos dices con halago: «¡Menuda fachada!», y sigues caminando hasta llegar a una vivienda unifamiliar, la cual, sin quererlo, te infunde respeto porque permanece aislada para no contagiarse del virus de la colectividad.

Eso sí, todas las viviendas tienen algo en común: los cirujanos que reparan sus arterias —les llaman fontaneros y electricistas— y las emociones, aportadas por vendedores, pizzeros, visitas inesperadas y, en casos extremos, ladrones que las dejan sin joyas, como la gripe que te asalta en invierno.

Quizás esto es lo que llaman: «humanizar las ciudades». A mí se me antoja que si los edificios pudiesen hablar, a más de uno se nos subirían los colores, no tanto por desvelar interioridades (que también), sino por tener que soportar al cemento dando lecciones de urbanidad, él, que es duro como una piedra… ¡Sería algo intolerable! Ni locos bajaríamos el nivel de nuestra dignidad. Para eso ya están los sótanos.

(Fernando Méndez. La Región, 17 de marzo de 2017)

 ____________________________

La, la, la

El otro día, Massiel, la cantante, casi gana un Oscar. Estuvo a punto. Cuando la pareja de presentadores dijo por error que “La, la, land” era la película ganadora yo creí oír: “La, la, la”, pero como la cosa iba de cine me dije que no, que una canción de Eurovisión no puede ganar un Oscar…, bueno, sí que puede, como banda sonora; pero no es este el caso. Demasiado beat. Además, los críticos de Hollywood jamás entenderían la profundidad del mensaje del estribillo.

El subconsciente debió de jugarme una mala pasada. Imagínense cuánto, que en medio de guirigay que se montó hasta me pareció oír a alguien susurrando: “Massiel”… en medio del escenario.

No, imposible. Yo lo achaco a la baja tolerancia que tenemos al error (al error de los demás, entiéndase). Enseguida entramos a matar y aniquilamos al culpable para no dejar rastro de su ignominia. No quiero pensar qué hubiese pasado si esa metedura de pata ocurre en España. Los culpables tendrían que huir en parapente desde la azotea del teatro, porque al instante Torquemada habría resucitado para darles su merecido. Es un fallo imperdonable, lo admito, sobre todo si pensamos que a más millones de dólares más perfección. Pero también es cierto que lo de hacer leña del árbol caído es un deporte de moda.

Por lo pronto, en Hollywood ya han rodado cabezas: parece ser que despidieron a las dos personas encargadas de entregar los sobres premiados. Dicen que no volverán a desempeñar nunca más ese cometido.

Curiosamente, no pasa lo mismo cuando, por ejemplo, un futbolista falla un gol o a un cirujano se le queda el paciente en la mesa de operaciones. Para estos casos se aplica la variable de la “mala suerte” o la “estadística”. Y podríamos citar muchos más. Pero la alfombra roja no perdona. Está ávida de sangre, y a la mínima ¡zas!, te pegan el cambiazo y ya está liada.

Ahora bien, ¿y si resulta que no ha habido error y que todo forma parte de un plan preconcebido? Yo no descartaría nada. Sobre todo en estos tiempos… ¿Serían los rusos? O, mejor aún, ¿qué tal los mexicanos, indignados como andan por lo del muro?

La única pena que me queda es por Massiel. Se lo hubiera merecido. ¡Cuánto daría yo por verla en el Teatro Kodak embutida en su vestido floral y meneándose a lo sesentero. En fin, consolémonos. Pensemos que en lugar de La, la, land siempre nos quedará Moonlight… shadow (si no me equivoco).

(Fernando Méndez. La Región, 10 de marzo de 2017)

 ____________________________

Misiles

¡A ver quién lo tiene más grande!… Me refiero al misil, sin metáforas. Hablo de armas; de las de la guerra. De esas que se montan en carros, como el cohete de Tintín, con la punta roja o negra, y que desfilan solemnemente ante miles de personas en plazas inmensas, al ondear de pendones y banderas. Armas. El recurso fácil con el que se envalentona el poderoso, igual que un macarra que cultiva músculos para amedrentar al ser humano estándar.

Pues eso. Que la cosa anda revuelta a babor y estribor del mundo, con el Putin, el Trump y el misil (casualidad que las tres palabras tengan el mismo número de letras), una fiesta a la que se une también el de Corea de Norte, todos exhibiendo don de gentes a golpe de megatones.

¡Qué primitivos somos, oye! Tan absurdo resulta esta diplomacia bélica como si a nosotros —los ciudadanos de a pie— se nos ocurriese ventilar las discrepancias vecinales con fuegos artificiales. ¿Se lo imaginan?: que el vecino pone la música alta, taconea, tira de la cisterna de madrugada o gotean sus plantas, pues nada, yo me salgo al balcón, le planto fuego a la mecha y venga atronar el barrio. Y si se pone chulo y replica, paso a nivel 2: le suelto un petardo (de decibelios king size) en el hueco de la escalera apuntando a las buhardillas y ya verá lo que es bueno… Luego, cumplido el objetivo, bajo con mi familia al vestíbulo y nos ponemos a aplaudir, abrazándonos y felicitándonos por el éxito del lanzamiento, procurando troncharnos de risa al mismo tiempo para que el efecto vejatorio sea definitivo.

Al final, si el vecino se aviene a razones y deja de molestar yo devuelvo los fuegos sobrantes a la pirotecnia… o mejor aún: los vendo a precio de saldo, más o menos como hacen algunos países con sus excedentes armamentísticos, montando «guerras de desagüe» en África y Oriente Medio, como si en esos territorios no tuviesen nada mejor que hacer que andar matándose todo el día.

Esto no es humor absurdo, créanme. Aplico a la vida cotidiana los argumentos de quienes controlan el mundo. ¿Verdad que lo sensato sería quedar con el vecino y arreglar las desavenencias dialogando, sin necesidad de mostrarle la mecha del petardo por la mirilla? ¿A que sí?… Pues no. Donde esté un misil que se quiten las palabras, no sea que se nos escape un «perdón» y la onda expansiva hiera susceptibilidades, piensan los poderosos.

De todas formas, si se trata de apostar por los duros y elegir un líder yo me quedo con John Wayne, entre otras cosas porque sus armas solo mataban el aburrimiento. Seguro que hoy, si levantase la cabeza, a punto de cumplir 100 años, diría eso de: “La vida es dura, pero es más dura si te comportas como un estúpido”. Amén, vaquero.

(Fernando Méndez. La Región, 3 de marzo de 2017)

 ____________________________

 Tatuajes

El otro día vi a un señor en televisión que decía tener tatuado el 90 % de su cuerpo. Hasta el blanco de sus ojos se teñía de rojo. Con todo respeto, más que un ser humano, aquello me recordó a un muro lleno de grafiti. El hombre, ya entrado en años, repasaba orgulloso su vida según sus tatuajes, contando historias de cada uno y el motivo que lo llevó a esculpirse la piel.

Yo veía el reportaje y pensaba qué ocurriría si, además de por fuera, pudiésemos tatuarnos el cuerpo por dentro, en el corazón, por ejemplo, y escribir allí frases de amor y desamor; o en el hígado, recordando una borrachera en la que el mareo llevo tu cráneo al asfalto, e incluso grabar en el interior de regiones anatómicas más pudorosas, para dejar constancia de nuestras ocultas experiencias de alcoba.

Tatuarse es hacer un contrato con la piel. Ya nada volverá a ser como antes. Es como el matrimonio: si decides separarte, la marca, más o menos visible, siempre queda ahí, y ya pueden echarte cremas o hacerte injertos, que nada.

Es una decisión muy importante. Tunear el cuerpo no es gratis, ni económica y psicológicamente. Pero como esto va de modas, quizás pronto haya tintas que pongan la piel transparente, lo cual tendría su importancia médica: ver a simple vista cómo funcionan el páncreas o el riñón no es moco de pavo.

Ahora bien, lo que es innegable es que hemos avanzado mucho desde el ancla de Popeye. Hoy la cosa va desde personas-anuncio, que no dejan un resquicio de piel original, hasta otras que se tatúan minúsculos símbolos en zonas de acceso restringido. Para gustos…

Pero volviendo al hombre del 90 %. Me preocupa pensar qué hará cuando llegue al 100 %… Quizás decida tatuarse el interior de sus orificios corporales, como los de Altamira. Así, si algún día le toca autopsia, al menos habrá dejado mensajes para el forense. Y no digamos nada si esos grabados tienen calidad artística o revelan mensajes apocalípticos. ¡Entonces sería la leche!: pondrían esos cachos de piel en atmósfera controlada, organizarían conferencias y se los cederían a Iker Jiménez para su tour del misterio. La exposición podríamos llamarla “Tatuajes del más allá” o, mismamente, “Los faraones del siglo XXI”, para que alma y tattoo trasciendan juntos.

(Fernando Méndez. La Región, 24 de febrero de 2017)

 ____________________________

Santo remedio

Los armarios donde guardamos medicamentos son el mejor lugar para sobrevivir en caso de ataque nuclear, siempre y cuando quepamos dentro. En ellos almacenamos todo tipo sustancias que curan anomalías de nuestro cuerpo o que, al menos, las atenúan. Vienen siendo como los confesionarios de las iglesias, donde te administran Padrenuestros y Avemarías que te dejan el espíritu saneado y con cierto margen de maniobra hasta la próxima confesión.

Lo malo que tienen estos depósitos químicos es que también albergan cajas con medicinas que ni sabemos que existen, desconocidas, y que siempre guardamos «por si acaso», actuando como anticuarios movidos por una especie de respeto antibiótico que nos hace venerar, por ejemplo, el Thrombocid, «por lo rápido que le curó el esguince al niño». Son fármacos ligados a temas sentimentales que solemos llamar: «Santo remedio».

El problema surge cuando ese armario se pone a reventar y el esparadrapo asfixia al alcohol y éste empuja al Dalsy… Y claro, como suele estar en el cuarto de baño (lugar que por cuestiones fisiológicas no requiere de grandes superficies), sus reducidas dimensiones y las apreturas de espacio hacen que abrir las puertas suponga un evidente riesgo de alud medicamentoso.

Pero nosotros, tranquilos: embutiendo, que es gerundio, y coleccionando prospectos, hasta que un día abrimos las puertas de ese «metro» en hora punta y, como queriendo huir, se nos vienen encima ibuprofenos, pastillas para la tensión y un montón de píldoras de colores. Solo entonces comprendemos la gravedad de la situación. Y ya no digamos si el frasco de sal de frutas se hace añicos contra el suelo… En ese instante, poseídos por una sobredosis de responsabilidad, cogemos una bolsa del súper y empezamos a liberar medicinas de sus estrecheces —como rescatadores en un terremoto—, no viendo el momento de llegar a la farmacia para deshacernos de esos peligrosos venenos.

Claro que, luego, al regresar a casa y abrir de nuevo el armario, nos entra el remordimiento al verlo tan vacío, con sus paredes desnudas recordando a mudanza. Es entonces cuando nos frotamos la cadera y entra en juego nuestra debilidad psicosomática; metemos la nariz en el mueble e inspiramos hasta el último aroma a linimento, mientras le prometemos que pronto tendrá un inquilino para la ciática. Qué le vamos a hacer… Somos débiles, física y químicamente. Y contra eso no hay remedio.

(Fernando Méndez. La Región, 17 de febrero de 2017)

 ____________________________

Tapar agujeros

Cuando nos toca un premio y nos preguntan qué vamos a hacer con el dinero la respuesta suele ser: «Tapar agujeros». Es lo típico. En ocasiones también decimos lo del coche o lo de la hipoteca…, pero nunca hablamos de destinar dineros a un proyecto solidario (este es un agujero insondable que nos marea con solo asomarnos a él). Por eso, pero para no entrar en detalles, lo normal es que acudamos al latiguillo de los agujeros.

Entonces me imagino nuestra vida como un colador, toda llena de agujeros. Y al igual que un fontanero impermeabiliza tuberías, nosotros tapamos con billetes nuestros excesos, pero pocas veces cubrimos con cola de «mesura rápida» esos mismos agujeros para no caer de nuevo en la tentación.

También ocurre a veces que de tanto zigzaguear entre cráteres vamos y nos caemos en uno, y si es grande ocurre lo inevitable: no hay asideros que nos eviten tocar fondo. Entonces sí, reseteamos la mente como cada 1 de enero con el Síndrome del Nuevo Año y nos planteamos ser mejores personas (aquí sí cabría el asunto solidario, pero llega tarde porque ya no nos queda un chavo). Pero, a lo que iba: nada más tocar fondo hacemos propósito de enmienda y prometemos que seremos previsores y que cambiaremos el colador por el aislante, para que nada perfore nuestra existencia y nunca más tengamos que tapar agujeros.

Lo malo es que, debido a nuestra condición humana de debilidad, en nada que empezamos a escalar y sacamos la cabeza, con la primera bocanada de aire contaminado de euforia, decimos: «¡A la porra: a vivir, que son dos días!» y añadimos: «Dios aprieta pero no ahoga», y claro, así cualquiera. ¡A mí la luna con sus cráteres, que me los meriendo a todos! Y vuelta a tirar alegremente de la cartera.

Por eso me parece muy bien que la gente tape agujeros con dinero. Porque así, entre brindis con champán y abrazos de llegada de aeropuerto, nos montamos con Aladín en su alfombra y volamos rasante sobre Villa Sueños. ¿Qué nos esnaframos de nuevo? Pues nada, tiramos de refranero: «La esperanza es lo último que se pierde» o «No hay mal que por bien no venga», y asunto arreglado.  Al ir en todoterreno y sobrados de combustible, ¿quién dijo miedo? Y tranquilos, que para casos extremos de estrepitoso fracaso siempre nos queda el Summun Consolatio: «La vida es así», imbatible analgésico contra el desconsuelo.

Por eso, estos días, en plena cuesta de enero, echamos mano del refranero que da gusto. Y no se consuela el que no quiere: ahora que pronto el Reino Unido nos va a dejar más tarta; que estamos más sanos que nunca (por lo de la lotería no acertada), y que acabamos de lucir nuestras dotes de mercadotecnia en las rebajas, ahora, digo, es buen momento para agarrar la azada (o sacho, dito entre nós) y cavar agujeros económicos en nuestras trincheras. No teman, los bancos acudirán a nuestro rescate. Creo que van a abrir las cajas fuertes en horario de atención al público y organizar visitas guiadas al búnker, para repartir allí los excesos de las cláusulas-suelo. Me lo ha dicho Aladín.

(Fernando Méndez. La Región, 14 de febrero de 2017)

 ____________________________

Con la piel no se juega

Han saltado las alarmas porque en Huelva a una mente iluminada se le ha ocurrido poner un anuncio ofreciendo 65 euros por hora a mujeres que realicen labores domésticas desnudas. “Limpiadoras sexis”, les llama. Eso sí, las candidatas deben tener experiencia en el tema (de la limpieza, se entiende). Por supuesto, todos clamamos al cielo, lo repudiamos y nos rasgamos las vestiduras.

Sin embargo, la ética se nos ablanda cuando la mengua de ropa se traslada a las portadas de revistas o a determinadas pasarelas de moda. En estos casos, cuando vemos a una mujer con los pechos al aire, insinuando perfiles o caminando con alas de ángel decimos que es «creatividad», o como porras se llame. Entonces no hay escándalo ni institutos de la Mujer que abominen del uso de la feminidad como mercancía. No, aquí las mareantes cifras de negocio y los nombres, más o menos famosos, de quienes protagonizan estas «obras de arte» nos nublan los prejuicios morales y todos contentos: pasamos ante el quiosco y vemos esa composición de carnes, titulares y Photoshop con la misma indiferencia de quien observa un anuncio de refrescos, aceptando el convencionalismo carnal-publicitario igual que la información del tiempo (algo que nadie critica porque el «probable» siempre se perdona).

Total, que lo de Huelva está fatal. Pero, siendo objetivos, también lo otro. Por supuesto, nada impide esa «libertad de exposición», y a la ley de la oferta y la demanda se la traen floja las moralinas. Si para vender bragas hay que disfrazarse de querubines y enseñar cacha, pues nada, adelante. Y si algunas revistas necesitan quitarle el sujetador a una chica para cuadrar sus cuentas de resultados, pues hágase (por supuesto, siempre en estudio fotográfico o en piscina chill out y con estilistas de por medio).

Al final, no sé cuál es la diferencia entre lo de Huelva y lo otro…, bueno, sí lo sé: la tarifa. Porque, en el fondo, todo se reduce a estar más o menos desnudo para conseguir un fin. Lo de Huelva supongo que sería para alimentar deseos y lo otro, cuentas corrientes. Y, ojo, lo mismo podríamos decir de los hombres que negocian con su tableta de chocolate.

Si de lo que se trata es de sacarle partido al cuerpo, yo propongo que las facultades de Medicina impartan clases en paños menores, y los profesores, al explicar por ejemplo el hueso sacro, se queden con el culo aire y señalen el territorio anatómico correspondiente —una imagen vale más que mil palabras—. Otra aplicación podría ser para los guardias de tráfico (pero nada de integral, eh: con el chaleco reflectante puesto, para no herir susceptibilidades urbanas), y, ya lanzados, exportaríamos la idea a cultos religiosos, deportes minoritarios y misiones espaciales, que andan escasos de audiencia. Eso sí, nada de 65 euros/hora. ¡Menuda falta de respeto! La desnudez se cotiza. ¿No pagamos en el Louvre por contemplar un Miguel Ángel? Pues esto es igual. El papel y el kilo de plumas angelicales van caros y con la piel no se juega… Hasta ahí podíamos llegar.

(Fernando Méndez. La Región, 8 de febrero de 2017)

____________________________

Emergencia temporal

XOXO tqm OMG bn LOL pq WTF ROFL LMFAO… Así podríamos seguir, ampliando el jeroglífico que ha adquirido rango de lenguaje entre jóvenes y no tan jóvenes. Si usted no utiliza un emoticono para dar brillo a sus mensajes del móvil o si se le ocurre poner admiración o interrogación al comienzo de frase, ¡alarma!: hágaselo mirar porque empieza a quedarse atrás.

Esta historia tuvo su origen en el «Teletexto», ¿se acuerdan? Entonces, nuestros padres hacían filigranas con el mando a distancia intentando dar con la tecla para navegar por la televisión. Luego vino el «Busca», las consolas de vídeo-juegos y los móviles «a secas», es decir, aquellos que solo servían para llamar. Aunque el gran salto se produjo con Internet y, más aún, cuando la tecnología nos permitió interactuar con nuestro interlocutor. De entrada nos fascinaban los mensajes, los audios y las vídeo-llamadas, todo con la intención de hacernos la vida más cómoda y las sensaciones inmediatas. Así nos crearon la necesidad de los sentimientos instantáneos, como el “Nescafé”·, y desde entonces (hace unos pocos años) cualquier cosa que en telecomunicaciones suponga esperar más de diez segundos nos sume en un estado de ansiedad que dispara en nuestra mente los más temibles presagios: ¿Estará bien? ¿Se habrá enfadado? ¿Por qué no responde si ha leído el mensaje?…

Antes, «exprés» solo eran el café y el tren. Ahora, todo lo que no sea ¡ya! adquiere una pátina como de foto antigua, de prenda ubicada en los suburbios del armario, y enseguida perdemos la paciencia, como si la rapidez fuese condición indispensable para que algo sea innovador y atrayente.

Si seguimos así, a los jóvenes de ahora, cuando dentro de unos años se planteen ser padres, se les harán eternos los nueve meses de gestación; es más: puede que el ciclo natural les parezca anticuado y prefieran los sietemesinos: Dar a luz e irte a casa a los dos días no será ya tecnológicamente aceptable. El alarde será decir: «A mi hijo le bastaron 30 semanas para nacer, ¿y al tuyo?». Incluso puede que eso acabe considerándose un mérito para el CV: «Experiencia en incubadora: diez días; electrodos cardíacos: tres días; conexión cerebral digital: 1 día», y al final terminará instaurándose un premio «A la Brevedad Natal», y al cabo de unos años se organizarán quedadas entre los nacidos a las 29, a las 32 o a las 35 (semanas), con foto de familia incluida al terminar la paparota.

Vale, tal vez exagere un poco, pero no me negarán que vivimos un tiempo en el que hasta guardar la digestión nos exaspera. Un ejemplo: el otro día en China un hombre agredió al que lo precedía en la cola del súper porque se retrasó en avanzar (estaba mirando una foto que le había enviado su hija por el móvil). Y claro, con la paciencia en la reserva, la tranquilidad, más que virtud, es un defecto. Así que, aprovechen, jubilados, que la ORA en los bancos del parque está al caer. Y lo siguiente será prohibir la muerte perpetua. Hoy en día definimos «Espera» como una porción de «Eternidad». Suerte que inventamos el café instantáneo para situaciones de emergencia temporal, que si no…

(Fernando Méndez. La Región, 30 de enero de 2017)

_____________________

Islandia, mon amour

Dicen que en Islandia —espejo donde se miran las madrastras del mundo—, van a prohibir a los menores de 16 años salir por la noche para evitar botellones y consumo de alcohol y otras drogas. Además quieren potenciar la relación padres-hijos y piensan incentivar las actividades extraescolares.

Si aquí se nos ocurriese imitarlos, por eso de probar, a ver qué pasa…, se armaría la de Dios. Lo primero que saldría sería la palabra “Libertad”. Es sagrada, que nadie me la toque. Yo voy a donde quiero, cuando quiero y como quiero…  Luego, nos daríamos de bruces con nuestra realidad: por fortuna España no es Islandia, climatológicamente hablando. Aquí hace menos frío, hay más horas de luz, somos callejeros y tenemos una especie que prolifera más que ninguna otra en el mundo: las terrazas urbanitas. Lo coloniza todo, oye. 

Estos argumentos, indestructibles en esencia, tirarían por tierra cualquier plan anti-droga que contemple la prohibición de salir por la noche a los menores. Si a eso le unimos que muchos padres consienten que sus hijos lleguen “cocidos” a las seis de la mañana, entonces la cosa se complica. El alcohol es algo cultural —decimos para sacudirnos responsabilidades—. ¡Y tan cultural!: ver a unos chicos, pedos perdidos, vomitando en un portal no nos escandaliza tanto como si los sorprendiésemos clavándose una jeringuilla en el brazo. No, claro, la heroína no es cultural. Yo recuerdo haber publicado hace años un informe en el que se citaban casos de escolares del rural gallego que se dormían en clase porque esa mañana, en casa, les habían dado licor café para que no pasasen frío mientras esperaban el bus. Cuestión cultural.

Pero siendo grave la relación de los jóvenes con las drogas, hay que reconocer que no son los únicos culpables. Muchos padres no saben cómo atajar la situación y dejan que la cosa fluya, “a ver si en unos años sienta la cabeza…”. Claro, esto tiene una explicación: para ser padres no te piden carné, ni estudios, ni nada. Fabricas, engendras y pares. Los hijos se tienen y punto, independientemente de lo equilibrado que seas y de la educación que pretendas darle a tu retoño. Si fumas delante de él, si sales por la noche, si tu hijo pasa más tiempo con los abuelos que contigo, si “joder” y “mierda” están en tu vocabulario habitual…, mete todo eso en una coctelera y tendrás muchos números para que tu hijo sienta la tentación del lado oscuro. Por supuesto, también podríamos pensar que este comportamiento paternal los hace duros, porque así nuestros hijos viven la realidad tal cual es. Y mientras, encendemos un pitillo en su presencia y con la primera calada le decimos: “Pero tú esto no lo hagas”.

En resumen, que Islandia, mon amour, está muy bien, pero antes de proclamar “Je suis nórdico” propongo que editemos una Guía de Educación para Padres, parecida al manual de mantenimiento que te dan cuando compras un coche. Una enfermera la colocaría junto a la canastilla en la habitación del hospital, y así, al subir del paritorio, los padres ya podrían empezar a instruirse. Algunos, que nacieron aprendidos, tirarían el libro por la ventana al sentir su ego inflamado, pero estoy seguro de que otros muchos le echarían un vistazo. Ya saben, difunde, que algo queda.

(Fernando Méndez. La Región, 26 de enero de 2017)

_____________________

Litros de bondad

Aviso, voy a ser duro, pero realista: el ser humano es malo por naturaleza y lleva el egoísmo en los genes. Dicho así, si no me explayo más, seguro que me gano enemistades. Pero antes de sentir su ego pisoteado concédanme un minuto. Veamos…, las guerras, por ejemplo. ¿No les parece asombrosa la “normalidad” con que aceptamos que cada día nos sirvan en el telediario una ración de muerte y sangre en forma de personas con sus vidas truncadas, mientras nos llevamos el tenedor a la boca y comentamos la jugada?

Matamos por poder, religión y territorio, me da igual el orden. Y lo venimos haciendo desde que salimos de las cavernas. ¿Cómo, si no, se escribe la Historia si no es contándola con guerras y conquistas que jalonan los siglos? Antes no había petróleo y nos matábamos igual; bueno, igual no: lo hacíamos con flechas, catapultas y cañones. Más tarde perfeccionamos la cosa y mejoramos el “arte del buen matar” con armas automáticas, bombas, aviones de guerra y acorazados…, y en pos de la excelencia, hasta nos dispusimos a matarnos en silencio, con ayuda de la química y la radiactividad, y no veas lo eficaces que son, oye: no te mueres al momento pero te inoculan un cáncer planificado, de cinco a diez años de duración, para que la palmas bien sufrido.

Y digo yo que en esto del entrenamiento constante al que de pequeños nos somete la vida para que, llegados a la edad adulta, opositemos a egoístas profesionales, hemos elevado a la categoría de “normal” que medrar a base de pisar cadáveres y de poner a parir al prójimo es una fórmula aceptable y hasta comprensible para andar por el mundo. Elijan el ámbito que prefieran. ¿Se imaginan una carrera de 100 metros lisos con los atletas dándose codazos y poniéndose zancadillas para tirar al suelo al adversario? ¡Qué escándalo! En el comité olímpico no quedaría títere con cabeza si la carrera se diese por válida.

Pero fuera de ahí no hay problema. Nos tiramos bombas dialécticas y de las otras y no pasa nada, y cuanto más enfrentamiento y más cuerpos mutilados veamos, mejor. La ración de pena diaria atenúa miserias y así, cómplices de una realidad fabricada en nuestras guerras cotidianas, sobrevivimos alimentados de odio e insolidaridad, como caníbales de podredumbre. Todo esto dicho sin generalizar, quede claro, pues siempre hay honrosas excepciones (no hay más que ver los índices de audiencia de la denominada «tele-realidad»: nunca llegan al 100%; un gran consuelo).

Dije que iba a ser duro. Pero no quiero dejarles con el amargor en la vista. Tranquilos. Siempre queda una esperanza. Les aseguro que un día vendrá una nave nodriza pilotada por Carlos Jesús para llevarnos a Raticulín. ¿Se acuerdan: el de la toga lila?… Y entonces sí que sí. Felicidad en vena para todos. Paz, amor, concordia y nunca más cabreos de tráfico, nada de colarse en el súper y a repartir limosna con aspersores. Solo les diré como ejemplo que allí, en Raticulín, atan los perros con longanizas, pero sus habitantes no comen embutidos ni derivados caninos. Así que, paciencia y sicodelia, que dentro de unos años luz, todos exudando litros de bondad. Fiu, fiu…

(Fernando Méndez. La Región, 20 de enero de 2017)

____________________

El secreto de los niños

Hace muchos años, un sabio profesor le dijo a un alumno: “Si pudiéramos ver las palabras que salen de nuestra boca nos pasaríamos el día mirando al cielo, seleccionado las frases más bonitas e ignorando las que no nos gustan. Así juntaríamos todos nuestros deseos e ilusiones y todas aquellas cosas que nos hacen sentirnos bien, para que nuestra vida fuese aún más alegre, divertida y feliz”.

Entonces el niño le respondió al profesor: “Pero eso es imposible. Nadie puede ver las palabras que salen de nuestra boca”.

Tampoco tú ves el amor que les tienes a tus padres, hermanos y amigos, y sin embargo es algo que no se gasta y que crece día a día. ¿Acaso has visto alguna vez un trozo de amor con forma de círculo, o un rectángulo de cariño?

El niño negó con la cabeza.

“Pues con las palabras ocurre lo mismo: no las vemos, pero pueden dañarnos o hacernos reír; nos preocupan o nos dan la mayor alegría del mundo. ¡Y todo eso sin verlas! ¡Imagínate qué estupendo sería si, encima, pudiésemos admirar su belleza y elegir sólo aquellas que nos hacen felices!”, dijo el profesor, sonriendo.

Desde aquel día, el niño miró siempre al cielo y se imaginó que el viento era un lápiz; las nubes, las hojas; y el sol, la tinta. Y así creció, se hizo adulto y luego viejo, muy viejo…, hasta que un día, casi sin poder andar, se encontró en un parque a un niño que lloraba porque había perdido su peonza. Entonces un viento fuerte formó al instante un remolino y el anciano cogiéndole la mano al niño posó sobre ella la base de aquella gran peonza de aire.

—Toma, te la regalo —le dijo el anciano.

—¿Cómo lo ha hecho? —preguntó el niño.

—No he sido yo, ha sido tu deseo, que, de tan grande, hizo que tu peonza se convirtiese en la mayor del mundo.

El viento amainó y sobre la mano del niño se posó la peonza perdida.

Para cuando se volvió, el anciano ya no estaba. Se había ido del parque. Quizás algún deseo lo hubiese llevado a otro lugar más grande, más alto, más bello… Allí donde la razón se rinde y sólo el amor anida. El lugar al que sólo los niños saben volver porque en su sonrisa tienen la llave de la felicidad.

© Fernando Méndez

________________________

Por una sonrisa

Por una sonrisa la Navidad se hizo nieve y congeló en mil copos aquel bello gesto. Por una sonrisa el color se hizo regalo y sonó a ilusión con lazo, a familia reunida, a recuerdo de los que no están pero que jamás se irán. Y se empapó la alegría de inocencia al relatar historias de reyes, de magos y de trineos voladores. Fue entonces cuando la infancia sonrió.

Nada hay más hermoso que la inocencia de un niño, nada más amable ni parecido a lo perfecto. No existe plenitud de certidumbre ni matemática más exacta que ese «dejarse ir» de la niñez hacia los territorios de una creencia que nos maravilla, aun siendo mayores, y que alimenta el amor intenso que brota del corazón navideño.

«Inocencia» y «felicidad» tienen nueve letras, dichosa coincidencia; al igual que «diciembre» y «Natividad». Todas ellas entran en un círculo mágico donde fe, historia y tradición se abrazan con el afecto de la amistad sincera. De una amistad que impresiona por su grito infantil de autenticidad.

Basta una mirada de un niño para que el mundo se pare. No necesitamos más que esos ojos llenos de todo para encontrarle sentido a nuestras vidas.

Y en eso llegan los días de la ilusión. Se acompasan a nuestros trabajos, a las jornadas interminables en el campo o en la oficina, y de pronto el reloj parece cansado y el día a día no nos importa: las facturas se convierten en pompas de jabón, el estrés en un «qué más da» y la llegada a casa —donde aguarda un sofá para abrazarnos— se vuelve mimo y ternura porque una sonrisa espera junto al Belén.

¡Qué no haríamos por una sonrisa!…

Si un día el desierto fue océano, ¿no resulta más fácil convertir el año entero en Navidad?… Y si lo logramos, ¿por qué no sentirnos niños toda la vida para poder recuperar aquella inocente ilusión que combatía dolores, aniquilaba rabietas y dibuja en nuestra boca el sentimiento que nunca un artista podrá delinear.

¡Qué no haríamos por una sonrisa infantil en Navidad!

© Fernando Méndez

______________________

Anuncios