Niños y niños

Ni a los niños de Oriente Próximo ni a los de África (entre otros muchos) hace falta difuminarles el rostro para salvaguardar su identidad. Nadie va a denunciar intromisión en su intimidad. En eso son iguales, por ejemplo, a las infantas, aunque a ellas les va en el cargo la cosa de la imagen pública. Pero para los miles de menores que a menudo salen en las noticias siempre rodeados de tragedias, lo de menos es preservar su privacidad. Eso no nos preocupa lo más mínimo.

Viene esto al caso porque acabo de ver a Omran, el niño sirio cuya imagen dio la vuelta al mundo hace un año: sentado en una ambulancia, quemado y lleno de heridas, mientras esperaba a que lo llevasen a un hospital de Alepo. No lloraba ni pedía auxilio. Solo miraba y se tocaba la cara, con el sufrimiento tan asumido como el respirar. Pues bien, Omran vuelve a ser noticia porque acaban de difundir un vídeo y dos fotos suyas: la de hace un año en la ambulancia y la de estos días, ya recuperado y aparentemente feliz.

Mientras a los niños de la prensa rosa les siguen “pixelando” los ojos —la exclusiva es la exclusiva— a Omran nos lo ofrecen a cara descubierta. Él solo es un “daño colateral”. Los otros forman parte de ese circo comercial que, previo pago, aún respeta la intimidad de los menores. Por eso vemos bien que salgan con una tira traslúcida en los ojos o que los fotógrafos eviten deliberadamente sacarlos en el plano junto a sus padres, en medio de una maraña de micrófonos y pasos apresurados.

Supongo que en Alepo la justicia prioriza otras cuestiones antes que la intimidad de los menores. En Alepo y en otros lugares… Los niños anónimos son anónimos para todo. Y la prueba es Omran. Es evidente que la vida forma parte de una subasta en la cual, dependiendo de tu economía y del territorio donde vivas así te irá. Donde la razón se obtiene a base de fanatismo y violencia los derechos son como el rostro de Omran en la ambulancia: sangrantes. Son lugares en los que la única exclusiva que llena bolsillos es la ilusión por sobrevivir.

Por eso, ahora que veo a Omran sin quemaduras, me alegro, y defiendo que no hay que poner vendas en los ojos de nadie, si acaso quitarlas para ver el egoísmo que aniquila la inocencia infantil. Eso sí debería ser delito. Pero como a los niños basta con darles un caramelo, pues nada… Y si apuntan maneras bélicas, un fusil tampoco es mal regalo. Todo sea por verlos crecer fuertes ante la adversidad, a nuestra imagen y semejanza.

(Fernando Méndez. La Región, 9 de junio de 2017)

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Malos pensamientos

Si los pensamientos negativos contasen como grasa corporal tendríamos una cabeza inmensa. Esta obesidad cerebral estaría relacionada con todo lo malo que se nos pasa por la mente. Actuaría como “comida basura”: que te enfadas o te sumes en el pesimismo, pues nada, calorías a la materia gris, como si le metieras bollería o patatas fritas con mayonesa.

Por contra, los buenos pensamientos obrarían en favor de nuestra salud mental, igual que las frutas, los vegetales y todo eso que se conoce como dieta saludable para el páncreas, el corazón, el hígado, los intestinos, etcétera, etcétera…

El otro día pensaba yo en estas cosas mientras iba por la calle, y empecé a fijarme en las cabezas de la gente, en su dimensión, intentando ver si mi teoría de la gordura craneal asociada al pensamiento podía tener alguna base empírica. Más allá de comprobar que el tamaño de las cabezas es más bien estándar, advertí que el rostro es, como dicen, la radiografía de la mente. A diario, desde que nos levantamos e incluso antes, nos invaden pensamientos que podríamos definir como “preocupantes”. Es como si, nada más despertar, nos inyectasen en el cerebro la “droga de la inquietud”. Nos sobresaltamos a la mínima, y pocas veces tenemos la paciencia suficiente para pararnos a analizar que no todo es blanco o negro y que hay una inmensa gama de grises, es decir, que el león de la vida no es tan fiero como lo pintan.

Pero nuestra naturaleza es así, qué le vamos a hacer… Nos pasamos el día en Modo Alerta. Solo los monjes del Himalaya y pocos más son capaces de poner la vida al ralentí. Y nosotros diremos en nuestro descargo: claro, esos monjes no tienen hijos, ni hipotecas, ni atascos (de tráfico), ni nada que altere su paz interior… Es cierto, pero también lo es que muchas veces nos ahogamos en un vaso de agua.

De ahí lo de la obesidad craneal y los malos pensamientos. Al menos, en eso estamos bien construidos. Las neuronas no acumulan grasa por mucho “pensamiento basura” que tengamos. Puede que la negatividad nos pase factura en otros territorios corporales, pero, a simple vista, en el tamaño de la cabeza, no. Aun así, tranquilos, siempre podremos mejorar nuestras capacidades. ¿No hay gimnasios para estilizar la figura y recargarnos de salud? Pues igual hay en Youtube vídeos para entrenarse en pensamientos positivos. Eso sí: sin pensar mucho, que el cansancio psicológico agota un montón.

(Fernando Méndez. La Región, 2 de junio de 2017)

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Comuniones

Estos días hierve el Territorio Comuniones. Con los niños ultimando sus catequesis, los padres preparando el festejo (dentro y fuera de la iglesia) y todos con la ilusión de ver el gran momento en el que su hijo o su nieto reciben el santo sacramento, para, minutos después, abandonar el templo con algarabía y en bandada, rumbo al restaurante.

Suena bien. Una fiesta más. Con excepciones, hace mucho tiempo que se ha perdido el verdadero significado de la Comunión y del Casamiento. El acto social supera al religioso, y los rosarios, los anillos y toda la suerte de elementos que acompañan a los protagonistas son apenas atrezo, complementos que se aparcan al llegar las cigalas o con los primeros compases de bachata en el comedor.

Porque comuniones, bodas, ya los bautizos (y pronto los entierros con ágape) son celebraciones que revelan nuestra querencia festiva por encima de nuestra “creencia”.

No hay más que ver a los novios semanas antes de la boda: van a misa cuando el párroco celebra en su honor, y tras pasar por el altar muchos no vuelven a pisar la iglesia hasta que toca funeral. Y con las comuniones, lo mismo: marineritos e inmaculadas damas blancas cuelgan sus hábitos y dejan de ir a misa por falta de tiempo, carencias de fe o cualquier otro sólido argumento dominguero. “Ya elegirán ellos cuando sean mayores”, dicen sus padres.

Toda opción es respetable, faltaría más. Allá cada cual. Creer en Dios, en Alá, en Osiris o en la cuenta corriente, es un maravilloso ejercicio de libertad que se nos permite en civilizaciones modernas y avanzadas. Pero claro, eso es una cosa y la coherencia, otra bien distinta. ¿A santo de qué nos arrodillamos y nos santiguamos si pensamos que eso es un paripé, un peaje que pagamos a cambio de recorrer la alfombra roja camino del altar, donde aguarda Tom Cruise con casulla y estola para darnos un Oscar con forma de oblea?

Eso sí, en vísperas, los niños se saben el Padrenuestro al dedillo y los novios se prometen fidelidad eterna. ¿Qué más da?… Como ahora somos esclavos de la obsolescencia programada, al pacto con Dios también le ponemos fecha de caducidad, como un alquiler, no vaya a ser que tras el juramento cambiemos de opinión y nos metamos en pleitos divinos, lo cual sería muy grave.

(Fernando Méndez. La Región, 18 de mayo de 2017)

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22.191

Esta cifra se refiere al número de actos oficiales a los que asistió Felipe de Edimburgo, consorte de Isabel II (lo de «consorte» es por hablar con propiedad, con acento a realeza). El tema está de actualidad porque el compañero de la reina británica acaba de anunciar que se retira. No se jubila, se retira. Es decir, se aparta de la vida pública. Realmente se va en otoño, pero lo avisa con tiempo, con el mismo ritmo cadencioso que se hace todo en palacio, como debe ser, sin prisas ni para ir al baño.

Y es que los edificios reales albergan una realidad irreal para el común de los mortales. Ni los dibujos animados se salvan de ofrecer esa imagen modélica, intachable, de sístole y diástole perfecta, de luces, colores y formas donde todo cuadra, donde nada se deja al azar porque allí ni la corriente es corriente.

«En palacio todos los sueños se hacen realidad», podría ser el eslogan. Bien distinto es lo que ocurre de puertas afuera, mismo ya a unos metros de la verja, donde hay tubos de escape echando humo, atruenan sirenas y gritos, y donde el verbo «conciliar» se aferra a los abuelos desde primera hora de la mañana. También allí, extramuros, «llegar a fin de mes» es frase trending topic, nace y muere gente, las personas se aman y se enfadan, se ilusionan o mandan todo al carajo. Es decir, lo normal para cualquier terrícola.

No digo que en las estancias monárquicas no ocurran estas cosas, pero convendrán conmigo en que pasan más desapercibidas. Por ejemplo: al bueno de este hombre, Felipe de Edimburgo, apenas se le notan las siete décadas al servicio de Su Graciosa Majestad. Y seguro que habrá tenido sus preocupaciones, sus cabreos y sus alegrías, peeero… Buckingham es Buckingham, y el grado de ingravidez a los problemas que existen en palacio no debe de parecerse en nada al del metro de Piccadilly Circus en hora punta.

Pero, no crean, lo de pertenecer a la realeza tampoco es una bicoca. Quitando los viajes, la ropa, el jardinero, las sesiones de peluquería y maquillaje, el chófer, el glamur, la pompa, el poder y la asignación presupuestaria, por lo demás no se diferencian gran cosa de nosotros. Y mucho menos nuestros reyes, que son de lo más parecido al ciudadano común, comparados sus homólogos.

Resumiendo, que felicidades a Felipe de Edimburgo por ser el consorte de más largo servicio en la historia británica. Y a todos nosotros: hoy puede ser un gran día, plantéatelo así.

(Fernando Méndez. La Región, 6 de mayo de 2017)

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Cárcel

Recuerdo la última vez que estuve en la cárcel. Hará cosa de veinte años. Recababa yo información para un reportaje sobre drogodependencias y mi estancia no pasó de dos horas, pero aquello me pareció una eternidad. Claro que, en aquel módulo, donde convivían condenados y preventivos definidos como «presos comunes», no había celdas para VIPs, de esas que tanto se habla ahora; fueras donde fueras, el tufo a desesperanza hacía irrespirable el ambiente y la rutina era como la droga: no se veía pero se notaba.

Mientras la humanidad no invente otro sistema para «hacer justicia» que no sea privar de libertad a las personas (y la alternativa no debe de ser fácil, pues llevamos así varios miles de años), mientras tanto, digo, seguiremos admitiendo el convencionalismo de meter a la gente entre rejas, igual que el de ir a curarse a un hospital o comprar el pan en la panadería. Nada sorprende cuando se vuelve costumbre.

El caso es que, hablando de prisiones y delincuentes, como todo evoluciona, ahora ya no hay grilletes ni pesadas bolas atadas a los tobillos. Ahora separamos a los presos por secciones, como en las bibliotecas, en función de su peligrosidad o del delito cometido. Los delincuentes de «guante blanco» (¿será porque emulan a los magos?) son destinados a la zona noble de la prisión, lejos de los denominados «internos conflictivos». Otro convencionalismo. De la misma manera que en la cocina alejamos el detergente del aceite tampoco juntamos a asesinos despiadados con corruptos. Y es normal: un corrupto te puede matar de indignación pero eso no lo convierte en asesino.

Los delitos del dinero son mucho más limpios, ¡dónde va a parar!… De ahí lo de blanquear. Los asesinos manchan y los ladrones de joyerías desordenan, pero los del guante blanco ni tosen, oye. Por eso, para purgar su acción criminal —silenciosa donde las haya— se merecen un lugar exento de malas compañías, algo así como el «ala oeste» de la prisión, para pasar su penitencia rodeados de mansedumbre.

Tal vez debamos acabar haciendo una cárcel solo para violadores, otra para homicidas, otra para ladrones, otra para narcotraficantes y otra para los del guante blanco, esta última, con baño privado en la celda, televisión, conexión a Internet y móvil con tarifa plana. ¿No se trata de reinsertar?… Pues perseveremos en ello: secuelas carcelarias, las mínimas. Así al menos nos quedará la posibilidad de que se arrepientan y devuelvan el dinero cuando salgan… ¿Por qué sonríen? Hablo en serio.

(Fernando Méndez. La Región, 2 de mayo de 2017)

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Golosinas

El éxito en tu vida depende de cuánto tardas en comerte una golosina. Dicho así, suena raro. Pero no tanto, si tenemos en cuenta que esta afirmación procede de un estudio realizado en Estados Unidos —siempre dados a experimentos psicológicos—, que asegura que si resistes la tentación y esperas 20 minutos para comerte el dulce desde que te lo ofrecen tendrás una vida plena, más autocontrol, mejores relaciones sociales, trabajo satisfactorio y altos índices de eficacia en situaciones difíciles. Pero, ojo: la prueba hay que hacerla a los tres años de edad; de más mayor ya no vale.

O sea, que si eres de los que se zampa la golosina nada más recibirla, error, fracaso total. Resígnate a una vida trivial.

Yo no lo recuerdo, pero pondría la mano en el fuego afirmando que si a esa edad tan temprana alguna vez me invitaron a una golosina no esperé ni veinte ni cinco (segundos), y me fui de cabeza al sector estadístico del común de los mortales.

Este tipo de estudios están bien para promocionar carreras como Psicología y Sociología. También sirven para llenar las páginas de Sociedad, e incluso como argumento para artículos como el que están leyendo. Pero la realidad es bien diferente: son tantos los factores que influyen en una persona a lo largo de su vida para determinar su conducta, carácter y comportamiento, que no habría computador capaz de conjugar las innumerables variables que el destino, o lo que sea, nos presenta en el camino.

Si usted ha nacido en el Cuerno de África; se llama Kennedy y viaja a Dallas; pasea por una playa de Tailandia en tiempos de tsunami, o está fotografiando al Big Ben cuando un desalmado se dispone a matar gente, lo de la golosina y los 20 minutos no sé yo si tendría mucha utilidad.

Las encuestas son como las predicciones meteorológicas: cuando yerran nadie sale pidiendo disculpas (¡bendito el inventor de la palabra «probable», gran salvavidas de la inestabilidad!) Y estudios psicológicos como el de la golosina van en la misma línea. Seguro que atesoran base científica y todo lo que quieran, no lo dudo, pero si algo tengo claro es que con la comida no se juega… Y con el destino tampoco. ¿Qué es mejor, olvidarse los donuts o la cartera?

(Fernando Méndez. La Región, 28 de abril de 2017)

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Trespedidas

Un día, Amando de Miguel dijo que en España la gente se despide tres veces. Sí, tres. Aquí no vale lo del «Hasta luego» a secas, como hacen los americanos y los ingleses. Es casi una descortesía.

Yo me puse a observar el tema y, efectivamente, comprobé que las «trespedidas» son una práctica habitual: después de una reunión, sea larga o corta, primero decimos: «Bueno, pues nada…» (primera despedida). A esto le sigue un comentario cualquiera —con sus correspondientes segundos de duración— y entonces viene la segunda: «Seguimos hablando…». Llegados a este punto entramos en los momentos de la basura que preceden al definitivo «Venga, hasta luego».

¿A qué sí? ¿A que nos tomamos tan a pecho el tema que casi nos duele separarnos de nuestro interlocutor? ¡Es como si nos fuéramos para siempre, oye!

Ahora bien, todo esto tiene una ventaja: socializamos más. Millones de personas nos «trespedimos» cada día, prisas mediante; y solo cuando la premura manda recurrimos al saludo en movimiento, a la sonrisa andante o a la palmadita pasajera. En estos casos, como autómatas movidos por la celeridad, sin mayores explicaciones, unos y otros sabemos que no hay tiempo que perder.

Claro que también los hay que, aun viendo que vamos a toda mecha, te bloquean el paso como un jugador de rugby, o puede darse la circunstancia de que queramos eludir algún encuentro incómodo, para lo cual recurrimos hábilmente y sin que se note a lo que llamamos «hacer el avión» (nos entendemos, no es necesario explicarlo más).

Sea como fuere, Amando de Miguel tiene razón. En España la cortesía en las despedidas lo puede todo. Siempre queda algo por decir y lo decimos… Y si el tema se ha agotado, ahí está el recurso del tiempo, maravilloso comodín atmosférico. Lo cual me parece perfecto: hoy, que todos nos quejamos de falta de comunicación piel con piel por culpa de las redes sociales, el que sobreviva la genuina despedida dice mucho a nuestro favor.

Perseveremos, pues, en ello. Que no decaiga. Solo nos falta que se ponga otra vez de moda lo de llevar sombrero para tocarse el ala cada vez que saludemos. Que nadie lo dude: al otro lado de Gibraltar también sabemos ser elegantes en el trato.

(Fernando Méndez. La Región, 14 de abril de 2017)

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Tocar el timbre

Ahora ya no venden enciclopedias por las casas. ¿Será que nuestra desconfianza por la mirilla ha rebasado todos sus límites? Vaya usted a saber.

Lo cierto es que la venta fría ha decaído. Ya no nos visita «nuestra» distribuidora Avon, no hay mormones, ni seguros. La tecnología los ha sustituido a todos por una voz que te entra por el oído a través del móvil: nada más conectar te espeta un par de preguntas y tú ni te enteras que te ha birlado información sensible, de esa que ampara la protección de datos.

La última vez que me asaltaron comercialmente me anticipé y dije que no me interesaba. La chica, muy amable, sonrió: «Pero si todavía no sabe qué voy a ofrecerle», a lo que yo repuse: «Lo que no me interesa es que me ofrezca nada».

Dicho así suena fuerte. Pero no crean. Al salir de su asombro, la vendedora se resignó y ambos nos despedimos cordialmente, tras lo cual ella salió de mi oreja.

Pero estas técnicas telefónicas no tienen nada que ver con el cara a cara que se vivía en el rellano con el vendedor de turno. Una pena. Hoy, hasta para comprar eres un número.

Por eso me alegré el otro día cuando un chico llamó a mi puerta, maletín en ristre. Vendía solidaridad. Bueno, no exactamente; más bien quería 15 euros para no sé qué ONG de no sé qué país. Quizás fuese cierto. Pero yo dudé. Me mostró incluso un folio plastificado, con logotipos y firmas, y añadió que 15 euros divididos entre los días del mes no suponían nada. Finalmente, me puso como ejemplo que él colaboraba con tres ONG. «O sea, 45 euros al mes», dije yo. «Sí, más o menos», respondió.

Yo lo felicité pero no cedí: «Es que así, de sopetón, nunca tomo decisiones», fue mi evasiva.

De todas formas, cuando cerré la puerta valoré su intento y pensé que aquel chico tenía su mérito. En los tiempos que corren, tocar el timbre es poner a prueba la dignidad, y mucho más sabiéndote observado desde una mirilla.

Creo que voy a pedir una pizza…

(Fernando Méndez. La Región, 7 de abril de 2017)

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Sin equipaje

El avión está a punto de despegar. En eso, un pasajero se encara con la azafata y le recrimina que no le han dejado entrar con su equipaje de mano. “Tengo derecho”, dice él. “Lo siento, señor —responde, amable, la mujer—. El vuelo va lleno y ya no hay sitio. Su equipaje tendrá que ir en la bodega”. “¡Mire! —protesta el hombre señalando a otra pasajera—, la gente sigue entrando con maletas. ¡Menudas normas de mierda!…”.

Junto a este hombre, corpulento, trajeado y que no llega a los cincuenta años, va sentado otro pasajero, algo más joven y más delgado, que observa pacientemente la escena, como yo, que estoy a medio metro de ellos al otro lado del pasillo. ¿Qué cómo acaba la cosa? En condiciones normales (normales para nuestra condición humana) la bronca iría en aumento y la situación habría rebasado a la paciente azafata, que ya comenzaba a inquietarse.

Pero la providencia quiso que, a punto de despegar, el compañero de asiento del hombre sin equipaje fuese algo así como un entrenador de emociones, un consultor motivacional, no sé…, quizás un psicólogo. Es todo lo que alcancé a oír debido al ruido de los motores.

Y despegamos. Al tiempo que el consultor aplicaba terapia, el hombre sin equipaje se desinflaba. Por mucho que yo afinaba el oído no lograba captar más que frases sueltas, pero fíjense si fue eficaz la doctrina del trainer que todo acabó con la azafata invitando a cava y cacahuetes al hombre sin equipaje y éste, rechazando el ofrecimiento y disculpándose “porque se había puesto como un energúmeno”. Para terminar, le sonrió a la chica con un: “Lo siento mucho”.

Este episodio con final feliz contrasta con la repugnante pelea que protagonizaron unos padres en un partido de fútbol infantil en Mallorca —el Día del Padre, para más inri—, cuando se liaron a puñetazos en las gradas del campo. Es evidente que muchas veces, aunque aparezcan consultores, la podredumbre que invade nuestro orgullo (salpimentada con deficiencias en valores y educación) hace irrefrenables ciertas reacciones. Eso de respirar profundamente y contar hasta diez está muy bien, pero la violencia iracunda es como el vómito: sobreviene, y ya te pueden echar biodraminas (psicológicas y de las otras) que nada…

Por eso, ¿qué tal si entrenamos un poco? Quizás nos sirva para la próxima vez. A ver, respiren profundamente y cuenten conmigo: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10… ¿A que relaja?

(Fernando Méndez. La Región, 31 de marzo de 2017)

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Sentimientos de saldo

Me ha contado un amigo (no sé si será cierto) que en la calle del Paseo van a abrir una tienda para vender sentimientos. Creo que se va a llamar «Feeling», por el punto esnob anglosajón. De entrada, para fidelizar clientela, dispondrán en el escaparte toda suerte de envases, botellas y cajas de llamativos colores con mensajes-fuerza de esos que inundan Facebook los fines de semana, incrustados en bellos paisajes, para subirte la moral cuando no tienes otra cosa que hacer que pasarte horas ante la pantalla del ordenador o el móvil.

Dice mi amigo que dentro de la tienda habrá grandes depósitos —como los modernos barriles de cerveza—, a los que unirán mangueras en el mostrador, y así, como si de una caña se tratase, tú vas y pides medio litro de «Compasión» y te lo sirven en una botella (de diseño, por supuesto), o 100 gramos de «Amor», que presentan en una cajita parecida a las de los bombones, para que cuando el destinatario la abra le explote en todo el rostro la esencia concentrada de cariño, que, al parecer, es más eficaz que el propio Cupido.

¿Qué quieren que les diga? A mí esto me suena a puro marketing. No es que dude de mi amigo pero, sinceramente, lo que se me antoja más difícil no es meter sentimientos en cajas sino fabricarlos. ¿De dónde sacan las materias primas?… Para obtener «Felicidad», por ejemplo: ¿Qué hacen, van al Tíbet y le exprimen la toga al Dalai Lama? O para conseguir «Tesón» ¿agitan a un puñado de emprendedores de Silicon Valley para que decanten ímpetu? La verdad: la idea es original pero un pelín complicada de llevar a la práctica. Además, sería imposible montar franquicias. Las «prioridades sentimentales» en absoluto son las mismas en todos los países. En Addis Abeba, pongamos por caso, un litro de agua es más importante que un kilo de ilusión -porque si no tienes agua ya te pueden regalar toda la ilusión del mundo-, y al revés: aquí un litro de agua no nos llega ni para lavarnos los dientes, mientras que la ilusión anda muy buscada (que se lo pregunten a los líderes europeos cada vez que oyen a Trump).

Otro problema que tendrán los dueños de «Feeling» será fijar una buena relación calidad/precio del producto, porque claro, ¿cuánto duran los efectos de los sentimientos una vez que se destapan? Y pienso en el más importante: el respeto (me viene a la mente porque estamos a principios de año y la abominable estadística de la violencia machista ya ha comenzado a contar víctimas). Y otra cosa: ¿Cómo se aplican estas sustancias?: ¿uso tópico, estilo cremas, o fumigamos el ambiente? En el segundo caso, propongo que las instituciones públicas inviertan en ello, y luego, con drones o ingenios parecidos, esparzan por ciudades y pueblos los sentimientos a modo de lluvia. Siempre habrá alguno que dirá: «Mexan por nós e dicimos que chove», pero la mayoría estará de acuerdo en que una atmósfera llena de buenos propósitos no molesta a nadie. Resumiendo: ya saben, cuando vean la tienda entren disimulando, como quien no quiere la cosa, y presuman de espíritu. Con «Feeling», ¡sentimientos a precio de saldo!

(Fernando Méndez. La Región, 24 de marzo de 2017)

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Dignidad

Si los edificios pudiesen hablar se pasarían el día protestando: las iglesias, por estar muy solas; los museos, por importarnos más su contenido que su continente, y los hospitales por convertir algunos de sus espacios en una suerte de lonjas, con pantallas y butacas, donde la gente espera turno para decir que quiere curarse.

Puestos a suponer, podríamos ir más allá y sumarle a los edificios otros órganos como el aparato digestivo —que vendrían a ser las cocinas y los baños—, el cerebro —situado en los cuartos de estudio— o el torrente sanguíneo —representado por los garajes, con atascos incluidos—. De lo único que carecerían los edificios sería de piernas (resulta imposible imaginar una ciudad con su arquitectura en constante movimiento), pero para todo lo demás estarían perfectamente equipados, con su hígado en el armario de los útiles de limpieza y su sistema reproductor localizado en los dormitorios (aunque para aquellas casas que rompen moldes este órgano estaría en el balcón, por ejemplo).

El caso es que si las viviendas fuesen seres animados veríamos a través de sus ojos —las ventanas— la cruenta batalla que se libra en su interior: infecciones de violencia verbal y de la otra, y ambientadores traspasando los quicios de las puertas a modo de desodorante. Por supuesto, en otros «cuerpos arquitectónicos» sus órganos internos estarían aceptablemente sanos. Es el caso de los vecinos bien avenidos, esos que quedan para ir al bar, que hacen juntos la compra o que llevan a los niños al parque, todos en bandada. Son esos edificios que al pasar delante de ellos dices con halago: «¡Menuda fachada!», y sigues caminando hasta llegar a una vivienda unifamiliar, la cual, sin quererlo, te infunde respeto porque permanece aislada para no contagiarse del virus de la colectividad.

Eso sí, todas las viviendas tienen algo en común: los cirujanos que reparan sus arterias —les llaman fontaneros y electricistas— y las emociones, aportadas por vendedores, pizzeros, visitas inesperadas y, en casos extremos, ladrones que las dejan sin joyas, como la gripe que te asalta en invierno.

Quizás esto es lo que llaman: «humanizar las ciudades». A mí se me antoja que si los edificios pudiesen hablar, a más de uno se nos subirían los colores, no tanto por desvelar interioridades (que también), sino por tener que soportar al cemento dando lecciones de urbanidad, él, que es duro como una piedra… ¡Sería algo intolerable! Ni locos bajaríamos el nivel de nuestra dignidad. Para eso ya están los sótanos.

(Fernando Méndez. La Región, 17 de marzo de 2017)

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La, la, la

El otro día, Massiel, la cantante, casi gana un Oscar. Estuvo a punto. Cuando la pareja de presentadores dijo por error que “La, la, land” era la película ganadora yo creí oír: “La, la, la”, pero como la cosa iba de cine me dije que no, que una canción de Eurovisión no puede ganar un Oscar…, bueno, sí que puede, como banda sonora; pero no es este el caso. Demasiado beat. Además, los críticos de Hollywood jamás entenderían la profundidad del mensaje del estribillo.

El subconsciente debió de jugarme una mala pasada. Imagínense cuánto, que en medio de guirigay que se montó hasta me pareció oír a alguien susurrando: “Massiel”… en medio del escenario.

No, imposible. Yo lo achaco a la baja tolerancia que tenemos al error (al error de los demás, entiéndase). Enseguida entramos a matar y aniquilamos al culpable para no dejar rastro de su ignominia. No quiero pensar qué hubiese pasado si esa metedura de pata ocurre en España. Los culpables tendrían que huir en parapente desde la azotea del teatro, porque al instante Torquemada habría resucitado para darles su merecido. Es un fallo imperdonable, lo admito, sobre todo si pensamos que a más millones de dólares más perfección. Pero también es cierto que lo de hacer leña del árbol caído es un deporte de moda.

Por lo pronto, en Hollywood ya han rodado cabezas: parece ser que despidieron a las dos personas encargadas de entregar los sobres premiados. Dicen que no volverán a desempeñar nunca más ese cometido.

Curiosamente, no pasa lo mismo cuando, por ejemplo, un futbolista falla un gol o a un cirujano se le queda el paciente en la mesa de operaciones. Para estos casos se aplica la variable de la “mala suerte” o la “estadística”. Y podríamos citar muchos más. Pero la alfombra roja no perdona. Está ávida de sangre, y a la mínima ¡zas!, te pegan el cambiazo y ya está liada.

Ahora bien, ¿y si resulta que no ha habido error y que todo forma parte de un plan preconcebido? Yo no descartaría nada. Sobre todo en estos tiempos… ¿Serían los rusos? O, mejor aún, ¿qué tal los mexicanos, indignados como andan por lo del muro?

La única pena que me queda es por Massiel. Se lo hubiera merecido. ¡Cuánto daría yo por verla en el Teatro Kodak embutida en su vestido floral y meneándose a lo sesentero. En fin, consolémonos. Pensemos que en lugar de La, la, land siempre nos quedará Moonlight… shadow (si no me equivoco).

(Fernando Méndez. La Región, 10 de marzo de 2017)

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Misiles

¡A ver quién lo tiene más grande!… Me refiero al misil, sin metáforas. Hablo de armas; de las de la guerra. De esas que se montan en carros, como el cohete de Tintín, con la punta roja o negra, y que desfilan solemnemente ante miles de personas en plazas inmensas, al ondear de pendones y banderas. Armas. El recurso fácil con el que se envalentona el poderoso, igual que un macarra que cultiva músculos para amedrentar al ser humano estándar.

Pues eso. Que la cosa anda revuelta a babor y estribor del mundo, con el Putin, el Trump y el misil (casualidad que las tres palabras tengan el mismo número de letras), una fiesta a la que se une también el de Corea de Norte, todos exhibiendo don de gentes a golpe de megatones.

¡Qué primitivos somos, oye! Tan absurdo resulta esta diplomacia bélica como si a nosotros —los ciudadanos de a pie— se nos ocurriese ventilar las discrepancias vecinales con fuegos artificiales. ¿Se lo imaginan?: que el vecino pone la música alta, taconea, tira de la cisterna de madrugada o gotean sus plantas, pues nada, yo me salgo al balcón, le planto fuego a la mecha y venga atronar el barrio. Y si se pone chulo y replica, paso a nivel 2: le suelto un petardo (de decibelios king size) en el hueco de la escalera apuntando a las buhardillas y ya verá lo que es bueno… Luego, cumplido el objetivo, bajo con mi familia al vestíbulo y nos ponemos a aplaudir, abrazándonos y felicitándonos por el éxito del lanzamiento, procurando troncharnos de risa al mismo tiempo para que el efecto vejatorio sea definitivo.

Al final, si el vecino se aviene a razones y deja de molestar yo devuelvo los fuegos sobrantes a la pirotecnia… o mejor aún: los vendo a precio de saldo, más o menos como hacen algunos países con sus excedentes armamentísticos, montando «guerras de desagüe» en África y Oriente Medio, como si en esos territorios no tuviesen nada mejor que hacer que andar matándose todo el día.

Esto no es humor absurdo, créanme. Aplico a la vida cotidiana los argumentos de quienes controlan el mundo. ¿Verdad que lo sensato sería quedar con el vecino y arreglar las desavenencias dialogando, sin necesidad de mostrarle la mecha del petardo por la mirilla? ¿A que sí?… Pues no. Donde esté un misil que se quiten las palabras, no sea que se nos escape un «perdón» y la onda expansiva hiera susceptibilidades, piensan los poderosos.

De todas formas, si se trata de apostar por los duros y elegir un líder yo me quedo con John Wayne, entre otras cosas porque sus armas solo mataban el aburrimiento. Seguro que hoy, si levantase la cabeza, a punto de cumplir 100 años, diría eso de: “La vida es dura, pero es más dura si te comportas como un estúpido”. Amén, vaquero.

(Fernando Méndez. La Región, 3 de marzo de 2017)

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 Tatuajes

El otro día vi a un señor en televisión que decía tener tatuado el 90 % de su cuerpo. Hasta el blanco de sus ojos se teñía de rojo. Con todo respeto, más que un ser humano, aquello me recordó a un muro lleno de grafiti. El hombre, ya entrado en años, repasaba orgulloso su vida según sus tatuajes, contando historias de cada uno y el motivo que lo llevó a esculpirse la piel.

Yo veía el reportaje y pensaba qué ocurriría si, además de por fuera, pudiésemos tatuarnos el cuerpo por dentro, en el corazón, por ejemplo, y escribir allí frases de amor y desamor; o en el hígado, recordando una borrachera en la que el mareo llevo tu cráneo al asfalto, e incluso grabar en el interior de regiones anatómicas más pudorosas, para dejar constancia de nuestras ocultas experiencias de alcoba.

Tatuarse es hacer un contrato con la piel. Ya nada volverá a ser como antes. Es como el matrimonio: si decides separarte, la marca, más o menos visible, siempre queda ahí, y ya pueden echarte cremas o hacerte injertos, que nada.

Es una decisión muy importante. Tunear el cuerpo no es gratis, ni económica y psicológicamente. Pero como esto va de modas, quizás pronto haya tintas que pongan la piel transparente, lo cual tendría su importancia médica: ver a simple vista cómo funcionan el páncreas o el riñón no es moco de pavo.

Ahora bien, lo que es innegable es que hemos avanzado mucho desde el ancla de Popeye. Hoy la cosa va desde personas-anuncio, que no dejan un resquicio de piel original, hasta otras que se tatúan minúsculos símbolos en zonas de acceso restringido. Para gustos…

Pero volviendo al hombre del 90 %. Me preocupa pensar qué hará cuando llegue al 100 %… Quizás decida tatuarse el interior de sus orificios corporales, como los de Altamira. Así, si algún día le toca autopsia, al menos habrá dejado mensajes para el forense. Y no digamos nada si esos grabados tienen calidad artística o revelan mensajes apocalípticos. ¡Entonces sería la leche!: pondrían esos cachos de piel en atmósfera controlada, organizarían conferencias y se los cederían a Iker Jiménez para su tour del misterio. La exposición podríamos llamarla “Tatuajes del más allá” o, mismamente, “Los faraones del siglo XXI”, para que alma y tattoo trasciendan juntos.

(Fernando Méndez. La Región, 24 de febrero de 2017)

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Santo remedio

Los armarios donde guardamos medicamentos son el mejor lugar para sobrevivir en caso de ataque nuclear, siempre y cuando quepamos dentro. En ellos almacenamos todo tipo sustancias que curan anomalías de nuestro cuerpo o que, al menos, las atenúan. Vienen siendo como los confesionarios de las iglesias, donde te administran Padrenuestros y Avemarías que te dejan el espíritu saneado y con cierto margen de maniobra hasta la próxima confesión.

Lo malo que tienen estos depósitos químicos es que también albergan cajas con medicinas que ni sabemos que existen, desconocidas, y que siempre guardamos «por si acaso», actuando como anticuarios movidos por una especie de respeto antibiótico que nos hace venerar, por ejemplo, el Thrombocid, «por lo rápido que le curó el esguince al niño». Son fármacos ligados a temas sentimentales que solemos llamar: «Santo remedio».

El problema surge cuando ese armario se pone a reventar y el esparadrapo asfixia al alcohol y éste empuja al Dalsy… Y claro, como suele estar en el cuarto de baño (lugar que por cuestiones fisiológicas no requiere de grandes superficies), sus reducidas dimensiones y las apreturas de espacio hacen que abrir las puertas suponga un evidente riesgo de alud medicamentoso.

Pero nosotros, tranquilos: embutiendo, que es gerundio, y coleccionando prospectos, hasta que un día abrimos las puertas de ese «metro» en hora punta y, como queriendo huir, se nos vienen encima ibuprofenos, pastillas para la tensión y un montón de píldoras de colores. Solo entonces comprendemos la gravedad de la situación. Y ya no digamos si el frasco de sal de frutas se hace añicos contra el suelo… En ese instante, poseídos por una sobredosis de responsabilidad, cogemos una bolsa del súper y empezamos a liberar medicinas de sus estrecheces —como rescatadores en un terremoto—, no viendo el momento de llegar a la farmacia para deshacernos de esos peligrosos venenos.

Claro que, luego, al regresar a casa y abrir de nuevo el armario, nos entra el remordimiento al verlo tan vacío, con sus paredes desnudas recordando a mudanza. Es entonces cuando nos frotamos la cadera y entra en juego nuestra debilidad psicosomática; metemos la nariz en el mueble e inspiramos hasta el último aroma a linimento, mientras le prometemos que pronto tendrá un inquilino para la ciática. Qué le vamos a hacer… Somos débiles, física y químicamente. Y contra eso no hay remedio.

(Fernando Méndez. La Región, 17 de febrero de 2017)

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Tapar agujeros

Cuando nos toca un premio y nos preguntan qué vamos a hacer con el dinero la respuesta suele ser: «Tapar agujeros». Es lo típico. En ocasiones también decimos lo del coche o lo de la hipoteca…, pero nunca hablamos de destinar dineros a un proyecto solidario (este es un agujero insondable que nos marea con solo asomarnos a él). Por eso, pero para no entrar en detalles, lo normal es que acudamos al latiguillo de los agujeros.

Entonces me imagino nuestra vida como un colador, toda llena de agujeros. Y al igual que un fontanero impermeabiliza tuberías, nosotros tapamos con billetes nuestros excesos, pero pocas veces cubrimos con cola de «mesura rápida» esos mismos agujeros para no caer de nuevo en la tentación.

También ocurre a veces que de tanto zigzaguear entre cráteres vamos y nos caemos en uno, y si es grande ocurre lo inevitable: no hay asideros que nos eviten tocar fondo. Entonces sí, reseteamos la mente como cada 1 de enero con el Síndrome del Nuevo Año y nos planteamos ser mejores personas (aquí sí cabría el asunto solidario, pero llega tarde porque ya no nos queda un chavo). Pero, a lo que iba: nada más tocar fondo hacemos propósito de enmienda y prometemos que seremos previsores y que cambiaremos el colador por el aislante, para que nada perfore nuestra existencia y nunca más tengamos que tapar agujeros.

Lo malo es que, debido a nuestra condición humana de debilidad, en nada que empezamos a escalar y sacamos la cabeza, con la primera bocanada de aire contaminado de euforia, decimos: «¡A la porra: a vivir, que son dos días!» y añadimos: «Dios aprieta pero no ahoga», y claro, así cualquiera. ¡A mí la luna con sus cráteres, que me los meriendo a todos! Y vuelta a tirar alegremente de la cartera.

Por eso me parece muy bien que la gente tape agujeros con dinero. Porque así, entre brindis con champán y abrazos de llegada de aeropuerto, nos montamos con Aladín en su alfombra y volamos rasante sobre Villa Sueños. ¿Qué nos esnaframos de nuevo? Pues nada, tiramos de refranero: «La esperanza es lo último que se pierde» o «No hay mal que por bien no venga», y asunto arreglado.  Al ir en todoterreno y sobrados de combustible, ¿quién dijo miedo? Y tranquilos, que para casos extremos de estrepitoso fracaso siempre nos queda el Summun Consolatio: «La vida es así», imbatible analgésico contra el desconsuelo.

Por eso, estos días, en plena cuesta de enero, echamos mano del refranero que da gusto. Y no se consuela el que no quiere: ahora que pronto el Reino Unido nos va a dejar más tarta; que estamos más sanos que nunca (por lo de la lotería no acertada), y que acabamos de lucir nuestras dotes de mercadotecnia en las rebajas, ahora, digo, es buen momento para agarrar la azada (o sacho, dito entre nós) y cavar agujeros económicos en nuestras trincheras. No teman, los bancos acudirán a nuestro rescate. Creo que van a abrir las cajas fuertes en horario de atención al público y organizar visitas guiadas al búnker, para repartir allí los excesos de las cláusulas-suelo. Me lo ha dicho Aladín.

(Fernando Méndez. La Región, 14 de febrero de 2017)

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Con la piel no se juega

Han saltado las alarmas porque en Huelva a una mente iluminada se le ha ocurrido poner un anuncio ofreciendo 65 euros por hora a mujeres que realicen labores domésticas desnudas. “Limpiadoras sexis”, les llama. Eso sí, las candidatas deben tener experiencia en el tema (de la limpieza, se entiende). Por supuesto, todos clamamos al cielo, lo repudiamos y nos rasgamos las vestiduras.

Sin embargo, la ética se nos ablanda cuando la mengua de ropa se traslada a las portadas de revistas o a determinadas pasarelas de moda. En estos casos, cuando vemos a una mujer con los pechos al aire, insinuando perfiles o caminando con alas de ángel decimos que es «creatividad», o como porras se llame. Entonces no hay escándalo ni institutos de la Mujer que abominen del uso de la feminidad como mercancía. No, aquí las mareantes cifras de negocio y los nombres, más o menos famosos, de quienes protagonizan estas «obras de arte» nos nublan los prejuicios morales y todos contentos: pasamos ante el quiosco y vemos esa composición de carnes, titulares y Photoshop con la misma indiferencia de quien observa un anuncio de refrescos, aceptando el convencionalismo carnal-publicitario igual que la información del tiempo (algo que nadie critica porque el «probable» siempre se perdona).

Total, que lo de Huelva está fatal. Pero, siendo objetivos, también lo otro. Por supuesto, nada impide esa «libertad de exposición», y a la ley de la oferta y la demanda se la traen floja las moralinas. Si para vender bragas hay que disfrazarse de querubines y enseñar cacha, pues nada, adelante. Y si algunas revistas necesitan quitarle el sujetador a una chica para cuadrar sus cuentas de resultados, pues hágase (por supuesto, siempre en estudio fotográfico o en piscina chill out y con estilistas de por medio).

Al final, no sé cuál es la diferencia entre lo de Huelva y lo otro…, bueno, sí lo sé: la tarifa. Porque, en el fondo, todo se reduce a estar más o menos desnudo para conseguir un fin. Lo de Huelva supongo que sería para alimentar deseos y lo otro, cuentas corrientes. Y, ojo, lo mismo podríamos decir de los hombres que negocian con su tableta de chocolate.

Si de lo que se trata es de sacarle partido al cuerpo, yo propongo que las facultades de Medicina impartan clases en paños menores, y los profesores, al explicar por ejemplo el hueso sacro, se queden con el culo aire y señalen el territorio anatómico correspondiente —una imagen vale más que mil palabras—. Otra aplicación podría ser para los guardias de tráfico (pero nada de integral, eh: con el chaleco reflectante puesto, para no herir susceptibilidades urbanas), y, ya lanzados, exportaríamos la idea a cultos religiosos, deportes minoritarios y misiones espaciales, que andan escasos de audiencia. Eso sí, nada de 65 euros/hora. ¡Menuda falta de respeto! La desnudez se cotiza. ¿No pagamos en el Louvre por contemplar un Miguel Ángel? Pues esto es igual. El papel y el kilo de plumas angelicales van caros y con la piel no se juega… Hasta ahí podíamos llegar.

(Fernando Méndez. La Región, 8 de febrero de 2017)

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Emergencia temporal

XOXO tqm OMG bn LOL pq WTF ROFL LMFAO… Así podríamos seguir, ampliando el jeroglífico que ha adquirido rango de lenguaje entre jóvenes y no tan jóvenes. Si usted no utiliza un emoticono para dar brillo a sus mensajes del móvil o si se le ocurre poner admiración o interrogación al comienzo de frase, ¡alarma!: hágaselo mirar porque empieza a quedarse atrás.

Esta historia tuvo su origen en el «Teletexto», ¿se acuerdan? Entonces, nuestros padres hacían filigranas con el mando a distancia intentando dar con la tecla para navegar por la televisión. Luego vino el «Busca», las consolas de vídeo-juegos y los móviles «a secas», es decir, aquellos que solo servían para llamar. Aunque el gran salto se produjo con Internet y, más aún, cuando la tecnología nos permitió interactuar con nuestro interlocutor. De entrada nos fascinaban los mensajes, los audios y las vídeo-llamadas, todo con la intención de hacernos la vida más cómoda y las sensaciones inmediatas. Así nos crearon la necesidad de los sentimientos instantáneos, como el “Nescafé”·, y desde entonces (hace unos pocos años) cualquier cosa que en telecomunicaciones suponga esperar más de diez segundos nos sume en un estado de ansiedad que dispara en nuestra mente los más temibles presagios: ¿Estará bien? ¿Se habrá enfadado? ¿Por qué no responde si ha leído el mensaje?…

Antes, «exprés» solo eran el café y el tren. Ahora, todo lo que no sea ¡ya! adquiere una pátina como de foto antigua, de prenda ubicada en los suburbios del armario, y enseguida perdemos la paciencia, como si la rapidez fuese condición indispensable para que algo sea innovador y atrayente.

Si seguimos así, a los jóvenes de ahora, cuando dentro de unos años se planteen ser padres, se les harán eternos los nueve meses de gestación; es más: puede que el ciclo natural les parezca anticuado y prefieran los sietemesinos: Dar a luz e irte a casa a los dos días no será ya tecnológicamente aceptable. El alarde será decir: «A mi hijo le bastaron 30 semanas para nacer, ¿y al tuyo?». Incluso puede que eso acabe considerándose un mérito para el CV: «Experiencia en incubadora: diez días; electrodos cardíacos: tres días; conexión cerebral digital: 1 día», y al final terminará instaurándose un premio «A la Brevedad Natal», y al cabo de unos años se organizarán quedadas entre los nacidos a las 29, a las 32 o a las 35 (semanas), con foto de familia incluida al terminar la paparota.

Vale, tal vez exagere un poco, pero no me negarán que vivimos un tiempo en el que hasta guardar la digestión nos exaspera. Un ejemplo: el otro día en China un hombre agredió al que lo precedía en la cola del súper porque se retrasó en avanzar (estaba mirando una foto que le había enviado su hija por el móvil). Y claro, con la paciencia en la reserva, la tranquilidad, más que virtud, es un defecto. Así que, aprovechen, jubilados, que la ORA en los bancos del parque está al caer. Y lo siguiente será prohibir la muerte perpetua. Hoy en día definimos «Espera» como una porción de «Eternidad». Suerte que inventamos el café instantáneo para situaciones de emergencia temporal, que si no…

(Fernando Méndez. La Región, 30 de enero de 2017)

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Islandia, mon amour

Dicen que en Islandia —espejo donde se miran las madrastras del mundo—, van a prohibir a los menores de 16 años salir por la noche para evitar botellones y consumo de alcohol y otras drogas. Además quieren potenciar la relación padres-hijos y piensan incentivar las actividades extraescolares.

Si aquí se nos ocurriese imitarlos, por eso de probar, a ver qué pasa…, se armaría la de Dios. Lo primero que saldría sería la palabra “Libertad”. Es sagrada, que nadie me la toque. Yo voy a donde quiero, cuando quiero y como quiero…  Luego, nos daríamos de bruces con nuestra realidad: por fortuna España no es Islandia, climatológicamente hablando. Aquí hace menos frío, hay más horas de luz, somos callejeros y tenemos una especie que prolifera más que ninguna otra en el mundo: las terrazas urbanitas. Lo coloniza todo, oye. 

Estos argumentos, indestructibles en esencia, tirarían por tierra cualquier plan anti-droga que contemple la prohibición de salir por la noche a los menores. Si a eso le unimos que muchos padres consienten que sus hijos lleguen “cocidos” a las seis de la mañana, entonces la cosa se complica. El alcohol es algo cultural —decimos para sacudirnos responsabilidades—. ¡Y tan cultural!: ver a unos chicos, pedos perdidos, vomitando en un portal no nos escandaliza tanto como si los sorprendiésemos clavándose una jeringuilla en el brazo. No, claro, la heroína no es cultural. Yo recuerdo haber publicado hace años un informe en el que se citaban casos de escolares del rural gallego que se dormían en clase porque esa mañana, en casa, les habían dado licor café para que no pasasen frío mientras esperaban el bus. Cuestión cultural.

Pero siendo grave la relación de los jóvenes con las drogas, hay que reconocer que no son los únicos culpables. Muchos padres no saben cómo atajar la situación y dejan que la cosa fluya, “a ver si en unos años sienta la cabeza…”. Claro, esto tiene una explicación: para ser padres no te piden carné, ni estudios, ni nada. Fabricas, engendras y pares. Los hijos se tienen y punto, independientemente de lo equilibrado que seas y de la educación que pretendas darle a tu retoño. Si fumas delante de él, si sales por la noche, si tu hijo pasa más tiempo con los abuelos que contigo, si “joder” y “mierda” están en tu vocabulario habitual…, mete todo eso en una coctelera y tendrás muchos números para que tu hijo sienta la tentación del lado oscuro. Por supuesto, también podríamos pensar que este comportamiento paternal los hace duros, porque así nuestros hijos viven la realidad tal cual es. Y mientras, encendemos un pitillo en su presencia y con la primera calada le decimos: “Pero tú esto no lo hagas”.

En resumen, que Islandia, mon amour, está muy bien, pero antes de proclamar “Je suis nórdico” propongo que editemos una Guía de Educación para Padres, parecida al manual de mantenimiento que te dan cuando compras un coche. Una enfermera la colocaría junto a la canastilla en la habitación del hospital, y así, al subir del paritorio, los padres ya podrían empezar a instruirse. Algunos, que nacieron aprendidos, tirarían el libro por la ventana al sentir su ego inflamado, pero estoy seguro de que otros muchos le echarían un vistazo. Ya saben, difunde, que algo queda.

(Fernando Méndez. La Región, 26 de enero de 2017)

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Litros de bondad

Aviso, voy a ser duro, pero realista: el ser humano es malo por naturaleza y lleva el egoísmo en los genes. Dicho así, si no me explayo más, seguro que me gano enemistades. Pero antes de sentir su ego pisoteado concédanme un minuto. Veamos…, las guerras, por ejemplo. ¿No les parece asombrosa la “normalidad” con que aceptamos que cada día nos sirvan en el telediario una ración de muerte y sangre en forma de personas con sus vidas truncadas, mientras nos llevamos el tenedor a la boca y comentamos la jugada?

Matamos por poder, religión y territorio, me da igual el orden. Y lo venimos haciendo desde que salimos de las cavernas. ¿Cómo, si no, se escribe la Historia si no es contándola con guerras y conquistas que jalonan los siglos? Antes no había petróleo y nos matábamos igual; bueno, igual no: lo hacíamos con flechas, catapultas y cañones. Más tarde perfeccionamos la cosa y mejoramos el “arte del buen matar” con armas automáticas, bombas, aviones de guerra y acorazados…, y en pos de la excelencia, hasta nos dispusimos a matarnos en silencio, con ayuda de la química y la radiactividad, y no veas lo eficaces que son, oye: no te mueres al momento pero te inoculan un cáncer planificado, de cinco a diez años de duración, para que la palmas bien sufrido.

Y digo yo que en esto del entrenamiento constante al que de pequeños nos somete la vida para que, llegados a la edad adulta, opositemos a egoístas profesionales, hemos elevado a la categoría de “normal” que medrar a base de pisar cadáveres y de poner a parir al prójimo es una fórmula aceptable y hasta comprensible para andar por el mundo. Elijan el ámbito que prefieran. ¿Se imaginan una carrera de 100 metros lisos con los atletas dándose codazos y poniéndose zancadillas para tirar al suelo al adversario? ¡Qué escándalo! En el comité olímpico no quedaría títere con cabeza si la carrera se diese por válida.

Pero fuera de ahí no hay problema. Nos tiramos bombas dialécticas y de las otras y no pasa nada, y cuanto más enfrentamiento y más cuerpos mutilados veamos, mejor. La ración de pena diaria atenúa miserias y así, cómplices de una realidad fabricada en nuestras guerras cotidianas, sobrevivimos alimentados de odio e insolidaridad, como caníbales de podredumbre. Todo esto dicho sin generalizar, quede claro, pues siempre hay honrosas excepciones (no hay más que ver los índices de audiencia de la denominada «tele-realidad»: nunca llegan al 100%; un gran consuelo).

Dije que iba a ser duro. Pero no quiero dejarles con el amargor en la vista. Tranquilos. Siempre queda una esperanza. Les aseguro que un día vendrá una nave nodriza pilotada por Carlos Jesús para llevarnos a Raticulín. ¿Se acuerdan: el de la toga lila?… Y entonces sí que sí. Felicidad en vena para todos. Paz, amor, concordia y nunca más cabreos de tráfico, nada de colarse en el súper y a repartir limosna con aspersores. Solo les diré como ejemplo que allí, en Raticulín, atan los perros con longanizas, pero sus habitantes no comen embutidos ni derivados caninos. Así que, paciencia y sicodelia, que dentro de unos años luz, todos exudando litros de bondad. Fiu, fiu…

(Fernando Méndez. La Región, 20 de enero de 2017)

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El secreto de los niños

Hace muchos años, un sabio profesor le dijo a un alumno: “Si pudiéramos ver las palabras que salen de nuestra boca nos pasaríamos el día mirando al cielo, seleccionado las frases más bonitas e ignorando las que no nos gustan. Así juntaríamos todos nuestros deseos e ilusiones y todas aquellas cosas que nos hacen sentirnos bien, para que nuestra vida fuese aún más alegre, divertida y feliz”.

Entonces el niño le respondió al profesor: “Pero eso es imposible. Nadie puede ver las palabras que salen de nuestra boca”.

Tampoco tú ves el amor que les tienes a tus padres, hermanos y amigos, y sin embargo es algo que no se gasta y que crece día a día. ¿Acaso has visto alguna vez un trozo de amor con forma de círculo, o un rectángulo de cariño?

El niño negó con la cabeza.

“Pues con las palabras ocurre lo mismo: no las vemos, pero pueden dañarnos o hacernos reír; nos preocupan o nos dan la mayor alegría del mundo. ¡Y todo eso sin verlas! ¡Imagínate qué estupendo sería si, encima, pudiésemos admirar su belleza y elegir sólo aquellas que nos hacen felices!”, dijo el profesor, sonriendo.

Desde aquel día, el niño miró siempre al cielo y se imaginó que el viento era un lápiz; las nubes, las hojas; y el sol, la tinta. Y así creció, se hizo adulto y luego viejo, muy viejo…, hasta que un día, casi sin poder andar, se encontró en un parque a un niño que lloraba porque había perdido su peonza. Entonces un viento fuerte formó al instante un remolino y el anciano cogiéndole la mano al niño posó sobre ella la base de aquella gran peonza de aire.

—Toma, te la regalo —le dijo el anciano.

—¿Cómo lo ha hecho? —preguntó el niño.

—No he sido yo, ha sido tu deseo, que, de tan grande, hizo que tu peonza se convirtiese en la mayor del mundo.

El viento amainó y sobre la mano del niño se posó la peonza perdida.

Para cuando se volvió, el anciano ya no estaba. Se había ido del parque. Quizás algún deseo lo hubiese llevado a otro lugar más grande, más alto, más bello… Allí donde la razón se rinde y sólo el amor anida. El lugar al que sólo los niños saben volver porque en su sonrisa tienen la llave de la felicidad.

© Fernando Méndez

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Por una sonrisa

Por una sonrisa la Navidad se hizo nieve y congeló en mil copos aquel bello gesto. Por una sonrisa el color se hizo regalo y sonó a ilusión con lazo, a familia reunida, a recuerdo de los que no están pero que jamás se irán. Y se empapó la alegría de inocencia al relatar historias de reyes, de magos y de trineos voladores. Fue entonces cuando la infancia sonrió.

Nada hay más hermoso que la inocencia de un niño, nada más amable ni parecido a lo perfecto. No existe plenitud de certidumbre ni matemática más exacta que ese «dejarse ir» de la niñez hacia los territorios de una creencia que nos maravilla, aun siendo mayores, y que alimenta el amor intenso que brota del corazón navideño.

«Inocencia» y «felicidad» tienen nueve letras, dichosa coincidencia; al igual que «diciembre» y «Natividad». Todas ellas entran en un círculo mágico donde fe, historia y tradición se abrazan con el afecto de la amistad sincera. De una amistad que impresiona por su grito infantil de autenticidad.

Basta una mirada de un niño para que el mundo se pare. No necesitamos más que esos ojos llenos de todo para encontrarle sentido a nuestras vidas.

Y en eso llegan los días de la ilusión. Se acompasan a nuestros trabajos, a las jornadas interminables en el campo o en la oficina, y de pronto el reloj parece cansado y el día a día no nos importa: las facturas se convierten en pompas de jabón, el estrés en un «qué más da» y la llegada a casa —donde aguarda un sofá para abrazarnos— se vuelve mimo y ternura porque una sonrisa espera junto al Belén.

¡Qué no haríamos por una sonrisa!…

Si un día el desierto fue océano, ¿no resulta más fácil convertir el año entero en Navidad?… Y si lo logramos, ¿por qué no sentirnos niños toda la vida para poder recuperar aquella inocente ilusión que combatía dolores, aniquilaba rabietas y dibuja en nuestra boca el sentimiento que nunca un artista podrá delinear.

¡Qué no haríamos por una sonrisa infantil en Navidad!

© Fernando Méndez

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